Prosumidores. De TikTok a reels, stories, postureo, mirones, nuevas tendencias y formas de comunicación online

El pasado mes de marzo, en estas páginas dedicamos un artículo a TikTok, que sigue causando furor entre los más jóvenes. No hay duda de que esta aplicación está contribuyendo sobremanera a consolidar un cambio generacional a la hora de comunicarse y reinterpretar el lenguaje audiovisual. Y, cada vez está más claro que, en ese contexto, impera la cantidad sobre la calidad e impera, progresivamente, el prosumidor frente al consumidor.

Prosumidores: hacer o recibir

Si hasta hace poco los vídeos en vertical eran algo marginal, ahora la tendencia ha cambiado radicalmente y se han convertido en los mayoritarios. Hace un tiempo, predominaban los bailes y playbacks, pero la creatividad de los usuarios ha ampliado el abanico de posibilidades. Todos ellos contribuyen con sus publicaciones a engrosar una comunidad que no para de crecer.

Puede que cada uno de nosotros, con un móvil en nuestro poder, hayamos sucumbido a la tentación de hacer y no solo recibir. Y es que ser un prosumidor es más atractivo y suscita más dopamina en nuestro cerebro.

Por supuesto, debemos tener en cuenta los riesgos que conlleva esta actividad para los más pequeños. Solo por citar algunos ejemplos, los menores de edad que acceden a esta plataforma se topan con un gran número de publicaciones que promocionan la violencia de género o la hipersexualización de las niñas.

Solo 24 horas

Esta fiebre de ser un activo en la red ha favorecido que se consoliden las denominadas stories. que comenzaron con la aplicación de mensajería instantánea Snapchat y, posteriormente, fueron replicadas en otras redes sociales, principalmente Instagram y Facebook. Estas historias se confeccionan con imágenes o vídeos breves (unos quince segundos) que se mantienen visibles en cada perfil solo a lo largo de veinticuatro horas. Además, estas composiciones se pueden adornar con animaciones (tipo gif), emoticonos o stickers, efectos, filtros o textos. El usuario también puede incluir música extraída de una extensa biblioteca de canciones publicadas en las plataformas digitales. En definitiva, el formato se aproxima considerablemente al de la publicidad y esto, como veremos más adelante, no es algo casual.

En Instagram, el éxito de las stories ha provocado la aparición de herramientas complementarias que introducen efectos. Una de ellas es boomerang, que genera bucles que se visualizan hacia adelante y hacia atrás, y pueden acelerarse o ralentizarse. Otro ejemplo es layout de Instagram, con la que se elaboran collages de fotos que se cargan en marcos predefinidos.

Reels, reafirmar una tendencia

La última novedad incorporada por esta red social, y que ha sido todo un éxito, se llama reels (carrete en español). Nace para replicar a TikTok y también permite dar a «me gusta», comentar y hacer clic para ver qué pista de audio se ha utilizado en cada vídeo, pudiendo reutilizarla en nuevos clips. Cualquier audio original se atribuye al autor y, si la cuenta es pública, otros pueden emplearlo en sus creaciones, dando lugar a doblajes, playbacks, etc.

De la misma manera que YouTube dio lugar a los youtubers, e Instagram a los instagrammers, Reels está llamado a desatar una corriente propia de reelers. En definitiva, todas ellas son personas que ejercen alguna influencia sobre sus múltiples seguidores. Esto, sin duda, supone un filón para las plataformas (y también para las marcas) y así lo tratan de aprovechar incentivando la gestación de más y más contenidos.

De hecho, The Wall Street Journal se hizo eco de que Facebook (propietaria de Instagram y WhatsApp) está ofreciendo a los grandes movilizadores de TikTok dinero para que empiecen a producir vídeos para Instagram Reels. Por su parte, TikTok ha anunciado la activación de un fondo de 70 millones de dólares para lo que queda de 2020 y de 300 millones para los próximos tres años, en Europa. Este dinero sirve para potenciar que los tiktokers más conocidos se dediquen a ello profesionalmente, tal como ya ha ocurrido en YouTube.

Observar a quien te mira

A menor escala, y no siempre con la finalidad de querer monetizar sus trabajos, los usuarios se ven arrastrados por esta nueva corriente. La mayoría se sienten empujados –o en cierto modo presionados– a alimentar esa necesidad de notoriedad y aceptación que se busca en las redes sociales. El resultado: infinidad de entradas breves y efímeras que se publican a diario.

Curiosamente, en el caso de las stories, su repercusión es privada; no se puede saber el número de visualizaciones porque quien las sube es el único que puede verlo. Y no solo eso, sino que, además, sabe quién ha accedido. La oportunidad de conocer quién ve tus publicaciones y viceversa incentiva la ampliación de mirones y observadores con lo que conlleva en una cultura online basada en el cotilleo y el postureo. Por tanto, de esta forma se genera una obligación de estar permanentemente revisando (pues en 24 horas desaparecen) y publicando nuevos contenidos. Y ya sabemos que, con el fin de contentar y mantener a la audiencia, muchas veces, se publica lo que sea.

Así pues, esto nos conduce a la expansión de los prosumidores: consumidores que, a su vez, son productores. En esta línea, el mundo de las redes sociales se sumerge en una espiral los que solo consumen se van quedando en minoría, al resistir sin verse arrastrados por estas supuestas olas creativas.

¿Dónde está el negocio?

Como siempre, en medio de todo este nuevo ecosistema digital, aparecen las marcas comerciales que pagan a los influencers con mayor cuota de seguidores, para llegar más en directo a su nicho de mercado. Los youtubers, instagrammers o reelers interactúan con sus followers de manera natural, utilizando, consumiendo o mostrando un determinado producto. También captan a su audiencia lanzando retos (challenges) y animándola a comentar o a realizar algún tipo de acción que tenga incidencia en la marca, por ejemplo.

En definitiva, el dinero es lo que mueve a esta industria que, hasta la fecha, no ha sido capaz de proteger a la infancia con el filtrado de contenidos y de acceso.

De hecho, en muchas de las propuestas de esta publicidad alternativa o paralela, se desprecia el físico que no sea perfecto, se vulnera el derecho a la intimidad y se desvirtúa el sentido de la autenticidad. A la vez, se ha consolidado entre los más jóvenes el engañoso like que desdibuja la importancia de “ser uno mismo”.

Al final, los que pagan las consecuencias de un negocio que solo busca los millones de euros que se mueven a través de estas aplicaciones son, como siempre, los menores de edad.