Es bastante común que, al hablar con otros padres y madres, surjan cuestiones y preocupaciones con respecto a los videojuegos: “Se pone de los nervios cuando pierde”, “no sabe dejar el móvil”, “se enfada si no le dejamos jugar” o “parece que solo quiere quedar con los amigos cuando juegan”. Todas estas inquietudes son reales y tienen que ayudarnos a entender la incidencia que tienen los videojuegos en el día a día de muchísimos jóvenes, sea para bien o para mal.
Durante mucho tiempo hemos debatido sobre si los videojuegos son buenos o malos, si generan violencia o si provocan adicción. Pero, quizás, una pregunta más interesante sería saber cómo afectan a sus emociones y cómo podemos acompañarlos en su desarrollo emocional.
Los propios adolescentes parecen tenerlo bastante claro. Según el estudio Infancia, adolescencia y bienestar digital, realizado por UNICEF España y publicado hace escasos días, los jóvenes confiesan que algunos videojuegos pueden generarles un gran impacto emocional. Reconocen que pasan muchas horas jugando y admiten que, en ocasiones, la frustración acaba en reacciones impulsivas e inadecuadas. Uno de los participantes llega a afirmar: “Yo mismo he roto un mando”, al hablar de los enfados relacionados con el juego. También, en los talleres que imparte la Fundación Aprender a Mirar, hemos escuchado a familias cuyo hijo, adicto a los videojuegos, había roto puertas o cristales; incluso alguno llegó a romper el monitor.
Esto nos tiene que hacer pensar. Ya no es solo una cuestión de que el videojuego en sí sea más o menos adecuado o más o menos adictivo. El problema reside en la manera en que cada persona maneja emociones como la frustración, la rabia o la impaciencia cuando las cosas no salen como considera.
Y es que la adicción que generan muchos videojuegos reside precisamente en que nos obligan a enfrentarnos constantemente a retos, errores, derrotas y recompensas. En apenas unos minutos podemos pasar de la ilusión al enfado, de la tensión a la alegría o de la decepción al orgullo por haber superado una dificultad. Esa sensación de conseguir un trofeo platino (cuando se supera el 100 %) dispara la dopamina hasta límites insospechados. Conociendo este dato, debemos aceptar que, debido a la rapidez y la facilidad con la que los cerebros adolescentes se «llenan» o «vacían» de dopamina, adrenalina y cortisol por causa de los videojuegos, ese ambiente acelerado y lleno de estímulos quizá no sea el mejor escenario para trabajar el autocontrol. Aunque esto siempre dependerá de cada individuo. Ningún adolescente es igual a otro y, además, es sabido que hay personas más propensas a la adicción tecnológica que otras.

Es más, si nos lo planteamos, pocas actividades cotidianas ofrecen tantas oportunidades para entrenar nuestras emociones. Aprender a perder una partida, saber esperar para conseguir una mejora, cooperar con otros jugadores o intentarlo de nuevo cuando no logramos nuestro objetivo son experiencias que tienen mucho que ver con el día a día.
Siguiendo con el estudio promovido por UNICEF España, los propios adolescentes reconocen que, a pesar de la violencia presente en muchos videojuegos, no creen que esta pueda convertirlos automáticamente en personas agresivas. Sin embargo, también consideran que un uso excesivo puede favorecer reacciones violentas derivadas del enfado o la frustración, así como una insensibilización frente a situaciones violentas reales. Cuanto menos, resulta interesante. La violencia no genera necesariamente violencia, pero sí puede insensibilizarnos ante ella.
Como padres, esto nos da algunas pistas. Ante una reacción desmesurada por una derrota, una negación o un rechazo, podemos pensar que el videojuego ha sacado a relucir una emoción que ya existía y que necesita ser trabajada. En el fondo, es algo parecido a lo que puede ocurrir con el deporte, salvando las distancias. Si nuestro hijo o hija pierde un partido y se enfada, insulta o reacciona mal, entendemos que esa situación nos brinda una oportunidad para aprender a tolerar la frustración. Pero hay que trabajarla.

De todos modos, esto no significa que no existan riesgos con los videojuegos. El estudio Infancia, adolescencia y bienestar digital señala que los adolescentes reconocen la adicción que pueden generar los videojuegos y consideran que, en algunos casos, pueden perjudicar otras actividades importantes, como el descanso, las relaciones sociales o sus propias responsabilidades.
Tanto para nosotros como para ellos, el verdadero reto no consiste únicamente en limitar el tiempo de uso, sino en integrar la tecnología de manera adecuada en la vida de nuestros hijos para que aprendan a gestionar sus emociones en relación con ella. No obstante, integrar la tecnología, a veces, puede significar que, durante un tiempo o hasta cierta edad, los videojuegos no formen parte de su ocio audiovisual. ¿Saben aceptar una derrota sin perder el control? ¿Son capaces de parar cuando están muy enfadados? ¿Toleran la espera o necesitan una gratificación inmediata?
Sin duda, todo un reto para nosotros como padres. Dejamos de ser exclusivamente vigilantes del tiempo de uso para convertirnos en acompañantes. Podemos interesarnos por los juegos que utilizan nuestros hijos, preguntarles qué les gusta de ellos, intentar empatizar con su enfado o celebrar con ellos un logro que hayan conseguido con esfuerzo. Esto de ser padres no es sencillo, pero sí apasionante.
Firma: José Carlos Amador