Toda narración, en mayor o menor medida, funciona cual espejo, pues se erige como un reflejo de aquello que nos define y nos pertenece por el mero hecho de ser humanos. El cine, cuando alcanza sus cotas más altas de calidad,no solo entretiene,nos hace reír o pasar un buen rato, sino que puede llegar a ejercer una auténtica catarsis en el espectador. Es decir, tiene la capacidad de conmovernos, transformar nuestra mirada sobre la realidad y tornarnos más empáticos, más conscientes y, en definitiva, más humanos.
Esto acontece cuando esas historias contienen verdades íntimas y universales, y, por ende, cuando el cine nos invita a comprender con mayor profundidad aquello que nos constituye como personas gracias a una total fusión y armonía entre la forma y el fondo. La forma desentraña verdades como el amor, la esperanza, la familia, la amistad, la superación personal, la lucha entre el bien y el mal, la muerte o la fe. Y también esa verdad intrínseca que nos acompaña desde el principio de nuestra existencia: el vínculo inquebrantable con nuestros padres, un lazo que deja huella.
Por ello, empaparnos de estos relatos en la gran pantalla nos permite reconectar con nuestro origen, nuestra infancia y adolescencia, pero, sobre todo, con nuestra identidad más honda. Con quienes fuimos y quienes somos en una línea de sentido plena. Pues los padres siempre nos acompañan, incluso más allá de su propia muerte.
En este sentido, la paternidad explorada en la gran pantalla nos ayuda no solo a comprendernos mejor sino también a acercarnos a los anhelos, miedos y sacrificios de nuestros padres. Y, por supuesto, a conocer mejor qué los mueve en sus acciones más nimias, que por lo general no es otro que el deseo profundo de acompañarnos para que desarrollemos nuestros talentos, encontremos nuestro camino y, sobre todo, alcancemos una vida plena y feliz siendo quienes estamos llamados a ser.
En lo que llevamos de año, varios cineastas parecen haber coincidido en este tema tan relevante. Tal vez, ha sido en parte debido a que las historias se nutren de los temas cotidianos, pero también de las emociones que habitan en el corazón.
Por eso, los críticos de Contraste hemos reunido algunos de los estrenos más destacados, en lo que llevamos de año, que han abordado las relaciones entre padres e hijos desde diversos enfoques. Se trata de filmes que han conmovido al público, que se atreven a explorar verdades complejas y necesarias y que nos ayudan a empatizar mejor con esa entrega incondicional e imperfecta —porque no existe la perfección— que define la experiencia de ser padre o madre.
Estas películas se han acercado a esta temática o bien desde la mirada de los hijos o bien desde la de los propios progenitores. A continuación, las vamos desglosando mes a mes.

Al arrancar el año, el título que sin duda más conmovió al público fue Hamnet, galardonada con el Óscar a la mejor actriz para una Jessie Buckley que entregó una excelente interpretación de la esposa de Shakespeare.
En esta espléndida adaptación de Chloé Zhao, Agnes y su marido se ven sumidos en la oscuridad tras la muerte de su hijo Hamnet. Sin embargo, lejos de quedarse en el mero retrato del sufrimiento, la cineasta explora cómo incluso las heridas más profundas pueden convertirse en un sendero hacia la esperanza. Porque la muerte no tiene la última palabra. El amor, la memoria y la creatividad aflora aquí como fuerzas capaces de dar sentido al dolor y transformarlo.
De este modo, un acontecimiento tremendamente desgarrador para la familia se torna un catalizador que encuentra cierta luz en el recuerdo de un ser querido. Es así como la obra de teatro Hamlet nació inspirada por la pérdida de Hamnet, lo cual fue para William Shakespeare una forma de canalizar su sufrimiento, sanar las heridas familiares y honrar la memoria de su querido hijo.

En febrero, hubo un estreno que transita, en parte,por esta temática que nos gustó especialmente: Little Amélie. Se trata de una coming of age de animación que, desde la mirada de una niña pequeña, Amélie, adentra al espectador en la experiencia de la infancia.
La estética del filme emula una animación que parece haber sido hecha con acuarelas y, en ese recorrido delicado y sensorial, el público va viviendo los distintos inputs que va recibiendo la niña. Así, poco a poco, sentados en la butaca de cine o el sofá de nuestra casa comprendemos de qué modo los niños perciben el mundo de los adultos en el momento de su nacimiento y mientras ese universo se va desvelando ante sus ojos desde la observación de sus padres, , los gestos cotidianos y su forma de educar, cuidar y amar.

En marzo, el filme que nos emocionó especialmente fue Una hija en Tokio, cuyo estreno coincidió además, de forma casi simbólica, con el Día del Padre. Guillaume Senez escribe y dirige este drama profundamente emotivo que aborda el tema de la ausencia paterna en determinados entornos familiares y cómo ésta marca de forma silenciosa, pero penetrante, la vida de los hijos. Asimismo,explora cómo el reencuentro puede abrir una rendija de esperanza tanto para los progenitores como para los hijos.
Rodada íntegramente en Japón, el filme sigue a un taxista francés que vive en Tokio, donde permanece separado desde hace años de su esposa japonesa y obsesionado con reencontrarse con su hija Lily, a la que no ve desde que tenía apenas tres años. El azar irrumpe como punto de inflexión cuando, un día, la recoge en un trayecto que la lleva desde su casa hasta el colegio y, tras varias conversaciones breves en el interior del taxi, termina reconociéndola por el retrovisor. A partir de ese momento, el relato se forja desde los gestos sutiles, las miradas y los silencios, en una exploración delicada de la complejidad de reconstruir un vínculo fragmentado, determinado por una distancia no solo cultural, sino también emocional, que convierte cada encuentro en un acto de hondo significado.

Con la llegada de la primavera también llegó a las salas un filme original y creativo que, al igual que Little Amélie, pone el foco en la mirada de una niña que descubre el complejo universo de los adultos. Es el caso de Renoir, una coming of age japonesa de una belleza delicada que explora el sufrimiento, la enfermedad, la soledad y las contradicciones inherentes a la vida adulta a través de los ojos de una niña de once años muy imaginativa. Fuki pinta, canta, observa atentamente cuanto sucede a su alrededor y trata de dar sentido a aquello que no comprende del todo. Se pregunta por qué su madre vive absorbida por el trabajo y el cansancio, por qué su abuelo habita la soledad y por qué su padre, enfermo y cada vez más cerca de la muerte, parece necesitar por encima de todo sentirse amado.
La narración combina el tiempo presente, los recuerdos y la imaginación de Fuki, una mezcla que configura un relato tan delicado como original. Precisamente desde esa mirada infantil, todavía abierta al asombro y a la esperanza, la película encuentra una forma profundamente humana de acercarse al dolor y a la fragilidad de los vínculos familiares. Y aunque se trata de un drama, resulta conmovedor contemplar cómo Fuki ante todo desea el bien de sus padres y se preocupa por ellos, incluso cuando todavía habita ese universo propio de la infancia donde la imaginación y la realidad conviven de forma natural.

Mayo es el mes de la madre y, probablemente por ello (porque la madre, en el fondo, es un personaje clave del conflicto dramático), llegó a los cines Un hijo, un drama protagonizado por Macarena García, Hugo Silva, Jesús Carroza y un magnífico debutante Ian Cortegoso.
Desde la mirada de Guille, de nueve años, el espectador se sumerge en una realidad familiar compleja y dolorosa que va revelándose poco a poco a través de los dibujos que interpreta la terapeuta escolar. A través de sus vivencias comprendemos no solo el sufrimiento que habita en el hogar, sino también las razones que han erosionado la relación con su padre. La historia muestra de qué modo los vínculos paternofiliales, cuando están atravesados por heridas que no son afrontadas, pueden quedar atrapados en dinámicas nocivas. En este sentido, el filme contrapone dos formas distintas de afrontar el dolor: mientras Manuel se refugia en la huida y destila una irritación, que actúa como mecanismo de defensa, Guille sigue adelante gracias a la esperanza y al deseo de que exista una realidad más luminosa.
Un hijo aborda cuestiones tan necesarias como el acompañamiento emocional durante la infancia, la complejidad de las heridas familiares y el modo en que estas trascienden el ámbito doméstico. Asimismo, plantea una reflexión pertinente sobre la educación y la salud emocional desde una perspectiva psicológica, al tiempo que explora la importancia de la comunicación entre padres e hijos cuando estos deben atravesar experiencias difíciles.

En junio nos ha gustado especialmente Rebuilding. ¿Y por qué? Porque no solo su estética naturalista y contemplativa conmueve y atrapa en la gran pantalla, sino porque el drama del director y guionista norteamericano Max Walker-Silverman, protagonizado por un brillante Josh O’Connor, presenta un relato paternofilial que destaca por la forma en que se recupera lo perdido y por cómo se fragua, a fuego lento, la intimidad con el ser amado. Todo ello sin recurrir a giros radicales de guion ni a artificios narrativos.
El paisaje que envuelve al espectador sirve como telón de fondo para una universal y bella reflexión sobre los lazos afectivos y sobre cómo la esperanza puede seguir teniendo cabida incluso cuando parece no existir. En este sentido, la película se sostiene en el poder de la reconexión y la restauración del vínculo entre un padre y su hija, y deja un poderoso mensaje sobre cómo la sanación en aquellas relaciones que más nos importan puede, en muchas ocasiones, dar lugar a una relación más plena y a un futuro de mayor unión.
Firma: Rocío Montuenga