Delicado drama intimista que, sin caer en la sensiblería, explora la ausencia del padre y los vínculos rotos que se reconstruyen con el tiempo; todo ello a través de una mirada repleta de belleza y empatía.
Rodada íntegramente en Japón, Una hija en Tokio, de Guillaume Senez, es un drama intimista sobre los lazos paternofiliales. La historia sigue a un taxista francés que vive en Tokio, separado desde hace años de su mujer japonesa y obsesionado con reencontrarse con su hija, Lily, a la que no ve desde que tenía tres años. Un día, por casualidad, la recoge en una carrera que la transporta desde su casa hasta el colegio; y, días después, tras varias conversaciones en el taxi, la reconoce desde el retrovisor. A partir de ese momento, la película construye un relato delicadísimo, apoyado en gestos, miradas y silencios entre ambos, que explora la dificultad de reconstruir un vínculo roto en un entorno emocional y culturalmente ajeno.
Uno de los aspectos más interesantes del filme es cómo sumerge al espectador en el contexto de los matrimonios mixtos en Japón. Existen muchos casos entre japoneses y extranjeros, pero la legislación tiende a limitar el contacto del progenitor no japonés tras una separación, lo que añade una capa aún másdura y realista al conflicto. Y, en este sentido, la película muestra cómo los gaijin intentan integrarse en una sociedad milimetrada como la japonesa y, en el intento, quedan muchas veces en los márgenes.
Jay, el protagonista, interpretado con gran sensibilidad por Romain Duris —quien incluso aprendió japonés para el rodaje—, encarna ese doble vacío: la ausencia del padre en la vida de la hija y, al mismo tiempo, la ausencia de la hija en la vida del padre. La habitación de Lily, sus peluches y el vacío del hogar la hacen palpable. Y su evolución deja entrever un deseo de redención, de cambio, de cuidado hacia el otro, algo que también se intuye en su relación con el personaje de Jessica, con quien comparte esa misma herida desde otra perspectiva.
Visualmente, el filme refuerza esa misma idea con una puesta en escena serena y contenida: la Tokio nocturna, iluminada por neones, se convierte casi en un reflejo del estado emocional del protagonista, entre la desolación y la esperanza del reencuentro. En el fondo, Jay busca su propia redención a través de Lily y poder construir desde cero un vínculo que no solo repare su pasado, sino que abra la puerta a un futuro diferente, protagonizado por el amor y la reconciliación. En definitiva, Una hija en Tokio destila destellos de verdad y belleza, y el desenlace emociona por su delicadeza y humanidad.
Firma: Rocío Montuenga
Jay es un gaijin integrado en Japón. Cada día recorre las calles de Tokio en su taxi, buscando reconectar con su hija, Lily, a quien no ha visto desde hace nueve años y cuya custodia nunca logró obtener. Justo cuando está a punto de rendirse y regresar a Francia, Lily se sube a su taxi y no lo reconoce.