Tercera entrega de la saga iniciada en los ochenta y al servicio de los más nostálgicos. La propuesta se muestra anclada en el pasado, los temas parecen más excusas y el guion, demasiado esquemático, no aporta frescura.
Joachim Rønning parece haberse acostumbrado a recoger el testigo de sagas reconocidas o películas de éxito. Comenzó con la quinta parte de Piratas del Caribe, continuó con la secuela Maléfica y ahora se pone a los mandos de la tercera entrega de la famosa saga de ciencia ficción: Tron. En este nuevo capítulo, no hace falta conocer los predecesores para seguir fácilmente el argumento, aunque Tron: Ares se configura como un ejercicio de nostalgia para adeptos e incondicionales.
Tras un prólogo que sitúa al espectador, el guion avanza con corrección, sin novedad alguna y procediendo con giros estándares e incluso, puntualmente, previsibles. A nivel visual, el film recupera los gráficos característicos para sumergir a la audiencia en ese espacio digital de rojos y azules reflectantes, mientras incorpora referencias estéticas (y narrativa) a la cinta original ochentera. Aun así, el efectismo óptico tampoco consigue tapar las flaquezas de un producto de acción que adolece en escenas propias del género, como en este caso las míticas persecuciones.
Mientras que Tron: Ares habla de mirar al futuro, aceptar la impermanencia del ser humano y buscar las aplicaciones positivas de los nuevos descubrimientos, el largometraje queda anclado en algo pasado. De esta manera, la inclusión de temas de actualidad como la IA, los dilemas que plantea y la posibilidad de buscarle un uso beneficioso para la sociedad acaban sintiéndose forzados, como una excusa para intentar elevar el conjunto y que no resulte vacío. En definitiva, es una propuesta para nostálgicos e incluso seguidores de la ciencia ficción, mientras que quizás no sea la distracción que el resto del público esté buscando.
Firma: Yoel González
Eve Kim y Julian Dillinger se han convertido en los directivos que lideran las dos empresas tecnológicas más avanzadas del mundo. Cuando Julian consigue crear un sofisticado programa para su empresa, Ares, envía a este en una misión trascendental: conseguir un código de permanencia, a través del cual todo lo digital pueda cobrar vida en el mundo real. Sin embargo, esa combinación solo la tiene Eve y ella no está dispuesta a que caiga en malas manos, aunque la colisión entre la humanidad y los seres generados por inteligencia artificial parece inevitable.