La actriz y realizadora palestino-estadounidense traba una historia que, casi con un espíritu epopéyico, narra la difícil vida de una familia palestina en distintos tiempos y compone una oda a la memoria.
Al igual que Walter Salles hizo hace dos años con Aún estoy aquí, Cherien Dabis –directora, guionista y protagonista– entrega una película sobre la memoria que muda de lo macrosocial a un relato personal, familiar e íntimo. En el propio título, Todo lo que fuimos, se percibe ese gesto de rememorar el pasado para entender el presente y, tras un arranque ágil, el personaje de Cherien rompe la cuarta pared para apelar al espectador y capturar su atención. “No estoy aquí para culparte. Estoy aquí para contarte sobre mi hijo” dice y, para ello, debe antes remontarse a la historia del abuelo.
El largometraje se divide en cuatro partes: dos ocupan un extenso flashback, la tercera abarca el trágico presente y la última da un salto hacia el futuro para darle un cierre circular tanto a la narración como al espacio habitado por los personajes. En ese paso del pasado al presente, la historia también da un vuelco y transforma su tono: deja de lado un acercamiento más histórico, donde la documentación de los hechos y el contexto tienen un peso importante, para dar un mayor protagonismo al espacio íntimo y familiar de los personajes. Así pues, en ese salto se deja atrás un argumento más clásico y se plantean nuevas líneas narrativas que despiertan interesantes reflexiones y cuestiones ético-morales.
Acompañada por un reparto solvente, Cherien Dabis guía un relato que atraviesa a tres generaciones palestinas y se mete en la piel de una madre que eleva el tema central del film: la memoria. Más allá de exponer las injusticias, la ocupación y los abusos de poder por parte del régimen israelí contra los palestinos, Todo lo que fuimos es un melodrama que habla de la memoria y el legado desde distintos frentes. Se recoge este tema desde lo fotográfico, lo oral y, en última instancia, también lo corporal. De este modo, el espectador queda expuesto a un dramático escenario socio-político, pero encuentra un espacio de conexión cuando la película lo invita a detenerse en la propia herencia y en los privilegios recibidos por sus antecesores y en cómo estos pueden ser también un gesto de resistencia.
Firma: Yoel González
Cisjordania, 1988. Cuando un joven palestino recibe un disparo durante la sangrienta represión ejercida por el ejército israelí contra un grupo de protestantes, la vida de toda su familia se desmorona. Las consecuencias de la tragedia llevan a su madre, Hanan, a relatar la historia familiar, a lo largo de tres generaciones y varias décadas, para encontrar cierto consuelo tras años marcados por tensiones políticas, sociales y personales.