Trapero y Polley confían demasiado en un reparto estelar para tirar adelante un guion pobre, perdido e insustancial que no desarrolla su gran giro central. El ritmo inconstante y la planitud argumental dejan un regusto agridulce.
Pablo Trapero une fuerzas con Sarah Polley, la ganadora del Óscar a Mejor Guion Adaptado por Ellas hablan, para trasladar una nueva novela a la gran pantalla. En este caso, Sus hijos es una obra homónima escrita por David Gilbert que aborda la complicada relación de un reconocido (y alcohólico) escritor con sus hijos y su ex mujer.
Ese aspecto metaliterario se inscribe en la propia película: en la figura del progenitor, en el linde entre realidad y ficción de aquello que narra y en las intenciones del hijo mayor por llevar una de sus novelas al cine. Sin embargo, Gilbert se pierde en esta propia literalidad y, junto a Polley, sucumben a un guion sin rumbo, que no sabe concretar ni discernir las líneas generales a explorar. Esto provoca un visionado lento por momentos, confuso en otros casos y, sobre todo, que no acaba de aterrizar.
Aunque el pausado arranque parece encerrar al film dentro de los estereotipos de otras obras sobre complicadas relaciones paternofiliales, la gran revelación argumental rompe con todo ello y augura nuevos horizontes a explorar que, a pesar de todo, nunca llegan. Ese desconcertante giro acaba por transformarse en algo anecdótico, cuyas implicaciones ético-morales no se exploran, al igual que tampoco se ahonda en sus implicaciones dentro del núcleo familiar roto.
Si Sus hijos se sustenta mínimamente es gracias al reparto entregado trascender las vasijas vacías y superficiales que suponen sus personajes. Todos ellos luchan por dimensionar unos rasgos que, desde el guion, se perciben planos, construyen dinámicas verosímiles y consiguen despertar esas emociones que mueven al espectador a ir un poco más allá de la narración fallida. Gracias a ellos se puede llegar a entablar cierta conversación en torno al impacto de las decisiones pasadas, la importancia de una crianza atenta en la infancia, la posibilidad de reestablecer lazos afectivos, el arte como medio de expresión emocional o, con esa epifanía inicial, los límites éticos de ciertos descubrimientos.
Firma: Yoel González
Cuando Andy Dyer, un reconocido escritor, tuvo a su hijo Andy fuera del matrimonio, su familia se quebró: su paciente esposa se separó de él y sus otros dos hijos se distanciaron. Ahora lleva ya veinte años sin escribir ni salir de casa, pero todo cambia cuando recibe la llamada sobre la muerte de un antiguo amigo. Al enterarse de la noticia, decide escribir a sus hijos mayores para reunirse de nuevo con ellos y explicarles su versión de los hechos. Con cierta reticencia, Richard y Jamie acceden al reencuentro, pero no esperan que aquello que les cuenta suponga una inesperada revelación que altere por completo la historia familiar.