Bàrbara Farré firma un coming of age de tintes fantásticos sobre el abandono y la adopción. Su atractiva propuesta visual contrasta con un relato excesivamente críptico que sacrifica la narración en favor de la atmósfera.
Tras alzarse con el Premio Gaudí por el cortometraje La última virgen, Bàrbara Farré debuta en el largometraje con una propuesta que mantiene su interés por los conflictos del paso a la edad adulta desde un prisma simbólico y perturbador. Mala bestia utiliza el esquema del coming of age para explorar el tránsito de la infancia a la adolescencia. El miedo al abandono, la adopción y la dificultad para aceptar el crecimiento se mezclan con elementos fantásticos que funcionan como metáfora del mundo psicológico de la protagonista. Sin embargo, la narración rehúye constantemente una lógica realista y se instala en un terreno ambiguo que dificulta la implicación y la interpretación del espectador.
La directora construye un universo de enorme cuidado estético. La fotografía, el sonido y el uso de los silencios crean una atmósfera inquietante que constituye, probablemente, el mayor atractivo de la película. No obstante, esa apuesta visual acaba imponiéndose al desarrollo dramático y temático hasta dejar una sensación de desconcierto por una historia que acumula símbolos e interrogantes sin llegar a ofrecer un mensaje claro.
Asimismo, desde los primeros compases, el tratamiento de la sexualidad se implanta en las conversaciones entre las niñas del internado que giran con frecuencia en torno al despertar sexual, expresado mediante insinuaciones, susurros e imaginaciones sobre el mundo adulto. Aunque apenas hay imágenes explícitas, el contenido verbal y el enfoque de estas secuencias otorgan a la sexualidad un peso desproporcionado dentro del relato y contribuyen a crear una atmósfera perturbadora.
Desde la perspectiva temática, Mala bestia retrata un universo marcado por el abandono, la violencia emocional y el miedo constante a ser reemplazado. Apenas ofrece referentes positivos o relaciones que permitan vislumbrar un horizonte de esperanza, de modo que el espectador queda inmerso en un relato sombrío donde predominan la angustia y la confusión. De este modo, la película sucumbe finalmente a una amalgama de sensaciones reales y fantásticas que no terminan de traducirse en un argumento sólido y queda lastrada por una evidente falta de profundidad humana.
Firma: Rocío Montuenga
Atenea ha crecido sin familia en un internado para menores y teme, por encima de todo, quedarse sola. Cuando una pareja decide acogerla, la posibilidad de tener un hogar parece hacerse realidad. Sin embargo, el miedo a perder ese vínculo despertará en ella un oscuro instinto capaz de cambiarlo todo.