Asistir a la expedición que capitaneó Magallanes en 1519 deja dos sensaciones: un cine contemplativo y un retrato nada complaciente del personaje. No es un filme para todos, puesto que exige una mirada crítica.
Resulta elogiable asistir a la expedición que capitaneó Fernando de Magallanes como si el propio espectador estuviera a bordo de ese barco de velas anchas y madera que cruje, entre barriles de vino, marineros y soldados portugueses y españoles. Lav Diaz apuesta por ofrecer una versión diferente de esta gesta histórica, muy acorde a su estilo autoral: un cine profundamente lento y contemplativo, en el que aparentemente no ocurre nada y, al mismo tiempo, pasa todo. Su objetivo no es convertir el viaje en un espectáculo de aventuras, sino hacer que el espectador sienta el paso del tiempo y comparta la experiencia de quienes se embarcaron en aquella travesía que cambiaría el rumbo de la historia.
Esa sensación de inmersión nace de unas decisiones técnicas y estéticas poco habituales para el gran público. La cámara no se mueve en ningún momento, el encuadre permanece siempre estático y en formato 4:3, mientras que la acción se desarrolla a través de largos planos que parecen extenderse en el tiempo sin dejar nada fuera del marco. Todo sucede dentro de ese espacio: oímos el mar, las ventanas abrirse, los suspiros de la tripulación, el crujido de la madera y la brisa golpeando las velas. Percibimos el paso del día a la noche, el calor del sol y la fuerza de las tormentas, hasta el punto de sentir que también viajamos en ese barco. No será una propuesta del gusto de todos, precisamente porque Lav Diaz renuncia a los códigos habituales de la acción, el movimiento y la música para abrazar el silencio y los sonidos naturalistas. Todo forma parte de una misma idea: alcanzar el mayor realismo posible y transportar al espectador del siglo XXI al siglo XVI.
Dicho esto, las decisiones argumentales sí pueden ponerse en tela de juicio. El guion se toma ciertas licencias sobre la figura histórica de Magallanes, tanto en su vida personal como en el retrato que hace de su carácter. Lav Diaz construye un capitán consumido por la obsesión de conquistar las Islas de las Especias y de evangelizar a los pueblos indígenas que encuentra a su paso, retratados con naturalidad en su forma de vida, su desnudez y sus creencias ligadas a los dioses de la naturaleza. En ese sentido, queda al libre juicio del espectador contrastar esta visión con la documentada por la historiografía, pues el director opta deliberadamente por un perfil poco complaciente de este navegante portugués, al que presenta como un hombre despiadado y cruel, convencido de que sus creencias justifican cualquiera de sus acciones.
Firma: Rocío Montuenga
A comienzos del siglo XVI, el navegante portugués Fernando de Magallanes desafía a su monarca, decidido a lograr el sueño de encontrar una nueva ruta hacia las Islas de las Especias en Oriente. Tras ser rechazado por la Corona portuguesa, logra convencer a la española para financiar una expedición que cambiará el rumbo de la historia. Sin embargo, la travesía pronto se convierte en una lucha desesperada por la supervivencia: el hambre, las enfermedades, los motines y las penurias llevan a la tripulación al límite. Cuando desembarcan en el archipiélago malayo, el capitán deja atrás el ideal inicial y se abandona a una compleja obsesión por la conquista y la evangelización de los lugareños. Sus decisiones, así, desembocan en un conflicto que terminará escapando a su control.