Una historia de venganza de manual con actuaciones solventes, a pesar de interpretar a personajes que parecen haberse olvidado de hablar. Acción y sangre por doquier para los amantes del espectáculo explosivo.
En muchas ocasiones, las películas de acción sucumben a diálogos banales e incluso vulgares, lo que invita a pensar en qué ocurriría si se redujeran y perfilaran mejor. Motor city se va al extremo contrario y suprime la mayoría de las interlocuciones. Aunque sobre el papel resultaba interesante como ejercicio estilístico, la verdad es que, en la práctica, esa elección lleva a una cierta inverosimilitud; los personajes parecen olvidarse de hablar y, por ende, no logran despertar ninguna empatía.
Más allá de esto, dicha decisión fuerza al resto del film a reconfigurar sus elementos. La acción frenética, que evoluciona de una primera parte más sosegada a la sangría final, bascula entre las múltiples luchas físicas y un montaje ágil. Además, este está marcado por el ritmo de las clásicas canciones de alrededor de finales de los 70 –entre el rock, el soul y el funk– que inundan el metraje. Sin embargo, el mal ensamblaje de muchas de ellas y el formato reiterativo por el que opta Potsy Ponciroli al incluirlas desgastan su efectividad.
En cuanto al guion, cabe decir que el largometraje cuenta con unos giros bien armados y se mantiene en pie gracias al trabajo del reparto, a pesar de que no ofrece novedad alguna en cuanto a lo argumental e incluso cae en ciertas decisiones estereotipadas. Si bien lo peor se halla en la construcción decorativa del personaje femenino y en ese epílogo descuidado, innecesario e irrisorio que cierra torpemente el visionado.
Motor city es una historia típica de venganza dirigida a ese público adulto que busca en el cine un espacio para pasar el rato, distraerse con producciones explosivas y con la dureza de sus coreografías. Si eso es lo que se quiere, satisfacerá con creces las expectativas. Pero cabe recordar su insistencia en el silencio verbal, porque puede suponer un impedimento para que algunos espectadores se sumerjan en la trama.
Firma: Yoel González
Detroit, años 70. John Miller acaba de terminar su libertad condicional y su vida parece encarrilada: cuenta con un trabajo que le permite cierta estabilidad y ha encontrado el amor en Sophia, con quien está dispuesto a casarse. Sin embargo, cuando el ex de ella, un despiadado gángster, le tiende una trampa para recuperarla, John termina nuevamente en prisión. Allí dentro solo lo mantiene vivo una idea: la venganza.