Besnard plasma el origen de Jean Valjean en un filme de ritmo pausado y atmósfera contemplativa. Una exploración del valor de las segundas oportunidades a través de la compasión de un hombre bueno.
Con Los Miserables: El Origen, Éric Besnard se adentra en el clásico eterno de Víctor Hugo, pero desde una nueva perspectiva: la trama se concentra en ese momento decisivo en el que el obispo Myriel, en su hogar, perdona a Jean Valjean por haberle robado dos candelabros de plata, ese instante que marca el comienzo de un nuevo amanecer de redención.
El filme busca recoger el prólogo de la obra para plasmar la culpa de Jean Valjean, su relación consigo mismo (y con los demás) y cómo la pobreza marcó su vida junto a su hermana y sus sobrinos, a quienes trató de alimentar cuando era un joven muchacho. Por eso robó pan: para saciar a los suyos. Por ese acto lo condenaron a muchos años aislado de sus seres amados y negándole cualquier ápice de dignidad. La película conecta así el presente –los diálogos con el obispo, su hermana y la criada– con un pasado que el espectador no había visto en pantalla: el momento del robo, la condena y cómo logró escapar.
Cinematográficamente, Besnard apuesta por los planos amplios que hacen del paisaje un personaje más, luces y sombras que subrayan el conflicto interno – la oscuridad, tanto literal como simbólica, envuelve gran parte de la historia–, colores cálidos que contrastan con los sombríos, y silencios que pesan más que cualquier diálogo. Cada gesto y mirada están medidos con precisión y convierten lo cotidiano en algo épico. El tono es contemplativo, el ritmo pausado y la narrativa exige paciencia. La voz en off guía sin saturar, para recordar que “la historia de un hombre no es solo la historia de un hombre, sino también la historia de aquellos que se cruzan con él”. Los Miserables: El Origen no es entretenimiento ligero, es cine que invita a pensar, sentir y reflexionar.
En definitiva, este nuevo acercamiento al relato de Hugo no reemplaza a las otras versiones, sino que las ilumina y abre preguntas sobre la moral, el perdón, la redención y la compasión. Además, celebra el amor incondicional y recuerda por qué esta historia sigue siendo un espejo de la condición humana.
Firma: Rocío Montuenga
En 1815 Jean Valjean sale del presidio, desgarrado y rechazado por todos. Vagando sin rumbo, halla refugio en la casa de un obispo, su hermana y su sirviente. Ante esta mano tendida, Jean vacila y, en esa noche suspendida, deberá elegir en quién desea convertirse.