El trabajo interpretativo resulta crucial para mantener atrapada a la audiencia en un drama judicial que, sin embargo, no consigue sobreponerse a ciertas irregularidades ni a unos clichés que la acartonan.
Resulta inevitable pensar en 12 hombres sin piedad desde los primeros minutos de Los justos. Ambas están protagonizadas por un jurado popular que debe dictar sentencia de un caso cuya resolución parece indiscutiblemente clara. Lo que la maestría de Sidney Lumet conseguía condensar, casi en tiempo real, durante una calurosa tarde, aquí Jorge A. Lara y Fer Pérez lo estiran a lo largo de tres jornadas de deliberación. Mientras Lumet lograba sostener el relato en un único espacio, los directores españoles optan por varios, y eso lleva a los primeros tropiezos de la película. Lo que el film de 1957 desarrollaba con doce personajes perfectamente construidos, aquí cae en una reducción numérica –son nueve los miembros del jurado– y también cualitativa.
Si bien es cierto que Los justos ahonda más en asuntos político-sociales y apunta a uno de los grandes delitos nacionales, la corrupción, el largometraje intenta abarcar demasiados frentes y acaba convirtiéndose en un cliché. La variedad de personajes –algunos mejor definidos que otros– se vuelven una amalgama de abanderamientos de distintas problemáticas, lo que les resta verosimilitud y los transforma en una especie de pancartas simplificadas. Todo resulta acartonado y metido con calzador.
Esto se suma a un ritmo irregular que, tras un atractivo arranque, acaba apoyándose principalmente en el trabajo actoral. Los intérpretes saben dotar a sus personajes de la dimensión y la humanidad de las que carecen por guion y por unos diálogos que se van ablandando. Aún así, logran mantener la atención del espectador hasta el desenlace; un final que deja con una discutible moralina abierta a debate, sin dar cabida a la esperanza.
No obstante, Los justos es un film accesible que, más allá de entretener a un público general, da pie a reflexionar sobre asuntos éticos, judiciales y sociales como la mencionada corrupción, las líneas rojas de nuestra moral o el peligro de los prejuicios.
Firma: Yoel González
Nueve miembros de un jurado popular inician la deliberación para dictar sentencia sobre un polémico caso de corrupción que implica a un empresario acusado de cohecho, tráfico de influencias y fraude fiscal. Las pruebas son irrebatibles y cada uno de los miembros, al igual que la opinión pública, parece tener el dictamen claro. Sin embargo, todo se tuerce cuando reciben una misteriosa carta que les ofrece un millón de euros a cambio de votar a favor de la inocencia del acusado. Eso sí, para cobrar el dinero tendrán que llegar a la unanimidad.