Los ilusos 13+13 plantea una actualización de la original sin ser una continuación ni algo distinto. Entre ficción y vida cotidiana, Trueba propone un cine forjado de espera, de ilusión y de lo vivido.
Los ilusos 13+13 resulta un estreno poco habitual dentro del paradigma del cine actual, pues se trata de una actualización que no quiere traer una versión más moderna, ahora con las edades reales de los actores —Francesco Carril, Aura Garrido, Vito Sanz o Isabelle Stoffel—. Asimismo, tampoco prolonga la primera con una segunda parte ni propone algo distinto de la original.
Lo que intenta el filme es sumergir al público en ese estadio habitado por el propio director en el que el cine se funde con la realidad hasta confundirse con ella, y entonces el espectador ya no sabe distinguir qué es hacer cine y qué es vivir. Lo que propone Jonás Trueba es que los cineastas no “hacen cine”, sino que lo habitan en conversaciones, encuentros, reencuentros, paseos, borracheras, noches de lectura y poesía y rutinas, ya sean calmadas o más ajetreadas. La inacción, el paso del tiempo y la vida misma se transforman así en una oda a lo narrado en la gran pantalla, como si la verdadera premisa fueran los momentos que se comparten y se esfuman, aquellos que dejan historias que no se cuentan, pero que podrían filmarse.
El estilo propio de Trueba, ya presente en la obra original, persiste aquí: un naturalismo, un minimalismo y una profunda conexión emocional con sus personajes que evocan ecos de la Nouvelle Vague francesa o de cineastas como Richard Linklater, donde los límites entre ficción y realidad se desdibujan como el mar con el horizonte del cielo. Asimismo, el gesto del “13+13” funciona como una forma implícita de afirmar que el título de 2013 en blanco y negro no está reñido con el de 2026 en color, sino que ambos conviven y recuerdan que no hay fronteras estrictas entre lo pasado y lo moderno, sino una continuidad. El cine de entonces ha esperado hasta dar lugar a esta nueva versión, como la vida misma, que requiere sus tiempos para realizarse y desplegar aquello que está llamado a ser.
Si bien Los ilusos 13+13 se plantea como una obra de arte —o, al menos, con unas aspiraciones artísticas— tal vez no acaba de desplegar toda esa ambición porque no logra hallar plenamente una coherencia narrativa que cohesione sus partes. Y aunque esa dispersión pueda formar parte del método de Trueba, en ocasiones le resta fuerza, porque diluye el foco y la unidad del conjunto al querer abarcar demasiados temas en un mismo movimiento. Se proyecta mucha imagen, pero a veces falta que el tejido narrativo quede más firmemente cosido.
Firma: Rocío Montuenga
Los ilusos 13+13 revisita el universo de Los ilusos desde el paso del tiempo y el deseo persistente de hacer cine. La película gira en torno a aquellos cineastas para quienes el impulso creativo permanece intacto, aunque la realidad se imponga y deje algunos proyectos sin filmar. Entre noches sin dormir, conversaciones poéticas y pequeñas rutinas cotidianas, la obra reflexiona sobre el amor —hacia otra persona, hacia la vida y hacia el cine—, así como sobre la amistad, la soledad y el tiempo que transcurre mientras todo se sigue registrando con la cámara desde un anhelo nunca del todo satisfecho.