Esta road movie vitalista sumerge al espectador en las llanuras venecianas junto a dos simpáticos beodos y un estudiante dubitativo. Sus mensajes sobre aprovechar el momento y nunca rendirse elevan el visionado.
Es inevitable ver el segundo largometraje de Francesco Sossai y no atisbar la estela de Aki Kaurismäki en su relato, en sus personajes o en el trasfondo social que los condiciona y los abate. Asimismo, La última ronda en Venecia también entremezcla con pulso pudoroso el drama humano con un humor tierno, lo colectivo con lo individual. Con todo ello, el director italiano va componiendo lentamente una delicada road movie por las llanuras venecianas y, sin grandilocuencias, apuesta por ese vagar como experiencia de aprendizaje vital.
Uno de los pilares esenciales en la dupla de bebedores optimistas que van improvisando sus días –unos protagonistas que recuerdan a los ángeles existencialistas de El cielo sobre Berlín– y el joven desenamorado que se les une por el camino (Filippo Scotti). Sus temperamentos imperfectos generan empatía en el espectador y ese carácter infantil de Carlobianchi (Sergio Romano) y Doriani (Pierpaolo Caovilla) despiertan una ternura que dulcifica el aire tragicómico de la película. “Somos demasiado mayores para crecer” dicen mientras recuerdan –e invitan al público a recordar– su pasado, lleno de fábulas y leyendas urbanas, y animan a Giulio a dejarse sorprender por la vida. Es cierto que ninguno de ellos son ejemplo de hábitos de consumo, pero la sinceridad y la decisión de Sossai de no prejuzgarlos desde guion los dota de una humanidad sincera.
Asimismo, La última ronda en Venecia sostiene una historia de amistad con un optimismo apabullante y profundamente vitalista –entre copas de más–. Tras sus rodeos en coche, queda una rotunda celebración del carpe diem y otros valiosos mensajes como buscar la fuerza para seguir siempre adelante y emocionarse con los “secretos del mundo” y los “misterios de la vida”. Una vida en la que, según Francesco Sossai, aunque pueda esperarse amarga, al final uno logra encontrar la dulzura.
Firma: Yoel González
Carlobianchi y Doriano vagan en busca de un bar en el que tomarse la última copa de la noche para celebrar la llegada de un antiguo amigo suyo. Sin embargo, su extraversión los lleva a desbaratar los planes de Giulio, un joven, tímido y responsable estudiante de arquitectura que sigue buscando su identidad y su lugar en el mundo. Esta inesperada confluencia lleva al trío por un viaje en coche lleno de reencuentros, sorprendentes descubrimientos, recuerdos de juventud y alguna copa de más.