Hasan Hadi presenta una demoledora ópera prima que configura un retrato social a través de la mirada infantil de su protagonista. Una propuesta sensible en la que lo concreto apela a reflexiones universales.
En su primer largometraje, Hasan Hadi despliega un ejercicio de equilibrios entre el retrato social y el relato íntimo. A través de la peripecia de Lamia –conseguir los ingredientes con el fin de preparar un pastel para llevar al colegio en honor al presidente–, se va tejiendo una clara radiografía social que señala los daños del autoritarismo, la vacuidad del culto al líder, los efectos dañinos del empobrecimiento social y el aprovechamiento de los gobernantes.
En este contexto, La tarta del presidente adopta la mirada de una niña para mostrar los estragos que les acontecen hasta a los más inocentes y el poder que tienen los más pequeños de encontrar cierta resiliencia y buscar formas creativas de salir adelante. Así pues, desde el primer momento la cámara se baja a la altura de Lamia e invita al espectador a contemplar el mundo desde ahí, mientras sigue a la pequeña y a su compañero Saeed –un valioso personaje que ejemplifica a la perfección ese escenario planteado y abandera ejemplarmente la amistad–.
Con claras resonancias a la hermosa ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987), la película circula entre el naturalismo y la fábula con ciertas inconsistencias de ritmo. La transición por los distintos escenarios, que muestran una clara dualidad social, acaba estancándose puntualmente. Aun así, hay un intento apreciable por buscar encontrar distintos matices en cada una de las situaciones que aportan una visión más poliédrica de aquel Iraq de 1990.
A pesar de la corta edad de protagonista, La tarta del presidente es una propuesta madura y cruda hasta los últimos instantes. No es de extrañar que sea capaz de sacudir a la audiencia hasta el final, con un demoledor contraplano conclusivo que, de nuevo, busca en lo concreto hablar de algo general: los efectos de la pobreza, el abandono y la guerra experimentados hasta en los más pequeños. Todo esto se acentúa con el material de archivo que, acertadamente, acaba precediendo a los créditos.
Firma: Yoel González
A pesar de las sanciones de la ONU y la amenaza latente del inicio de un conflicto, Sadam Husein anima a todo el pueblo iraquí a unirse para celebrar su cumpleaños por todo lo grande, sin tener en cuenta la pobreza en su país y la lucha diaria de la gente para sobrevivir.
Esta invitación festiva acaba llegando al colegio de Lamia, una niña de nueve años a quien se le encarga hacerse responsable de preparar un pastel en honor al presidente. La pequeña, que vive con su anciana abuela y sin grandes recursos, deberá hacerse con los ingredientes necesarios a contrarreloj para no atenerse a las consecuencias del incumplimiento de su encargo.