Con una atmósfera de suspense envolvente, Charlie Polinger debuta con una película que expone la crueldad y la complejidad del acoso escolar. La dureza del visionado se ve reforzada por las contundentes interpretaciones de su joven reparto.
La plaga posee uno de esos magnéticos arranques que no solo presentan algunos de los recursos estilísticos clave que articularán el resto del film, sino que también aportan una lectura simbólica con la que introducir los temas de fondo y trasladarlos a nivel sensorial. Con un plano sumergido en la piscina, un grupo de piernas moviéndose para mantenerse a flote, una cámara lenta y una música coral de cantos guturales, se pronostica un ambiente de tensión y amenaza. Luego, la cámara se mueve a un primer plano del protagonista, que se presenta con el agua al cuello.
Al adentrarse en una película –o en cualquier historia– sobre el bullying, el espectador puede ir predispuesto a enfrentarse a un relato duro y, en este caso, el dispositivo formal contribuye a situarlo ahí de principio a fin. La ópera prima de Charlie Polinger es incómoda, brutal y tensa. Esa cámara lenta y esa partituras de cuerdas estridentes se suman para generar sensaciones que oscilan entre el suspense y el terror, acentuar el dramatismo y buscar una saturación voluntaria casi a modo de acercar a la audiencia a los sentimientos del protagonista.
El título de la película alude a un “juego” discriminatorio, practicado por algunos miembros del equipo masculino de waterpolo, a través del cual marginan y se ríen de Eli, un joven con una intensa reacción dermatológica al que tratan como a un apestado. Con la llegada de Ben, el joven protagonista, se abre un ápice de bondad dentro del grupo y, aunque al principio él mismo sucumbe al miedo a ser apartado por el resto, intenta tomar acción. Ahí es cuando el punto de vista deja de ser tan pasivo, las tornas se giran contra él y la tensión acaba por desbordarse en un acoso cada vez más intenso y en conductas salvajes.
Con un excelente reparto joven, las actuaciones de Everett Blunck, Kenny Rasmussen y Kayo Martin resultan cruciales a la hora de remover al espectador, tanto física como reflexivamente. Ellos sostienen el peso del metraje hasta un final crudo y que, pese a ciertos elementos efectistas, abre la puerta a una profunda y necesaria conversación. El acierto de La plaga reside justamente en la amplitud de frentes desde los que aborda el acoso, lejos de reducirlo a una simplista división entre buenos y malos. La película anima a entender el contexto de los jóvenes para tratar de encontrar una solución a sus comportamientos, advierte sobre los peligros de los rumores, y recuerda la necesidad de acompañamiento y diálogo con los adolescentes. Asimismo, deja patente que se trata de una cuestión colectiva, que implica tanto a los perpetradores como a quienes deciden quedarse en silencio. Y recuerda que si no se involucra a todos los implicados -o a quienes podrían llegar a estarlo-, cabe la posibilidad de perpetuar ese ciclo de violencia. No es un visionado fácil, pero sí es sin duda necesario para seguir poniendo el foco en un problema de extrema relevancia en la actualidad.
Firma: Yoel González
Campamento de Waterpolo Tom Lerner, verano 2003. Cuando Ben, un chico de doce años con ansiedad social, llega nuevo a lo que debe ser una convivencia deportiva para pasárselo bien, se ve arrastrado a un círculo de violencia en torno a un vil “juego” conocido como ‘La Plaga’. Sin embargo, cuando decide actuar para no caer en la crueldad de sus compañeros, ve cómo todo empieza a volverse contra él y el límite entre el juego y la realidad se diluye.