Nolan adapta una de las grandes epopeyas homéricas con un reparto estelar y el sólido acompañamiento de las partituras de Ludwig Göransson. Pese a sus irregularidades, queda una colosal película de aventuras.
Tras coronarse en la nonagésima sexta edición de los Oscar con Oppenheimer, Christopher Nolan abandona el pasado reciente para adaptar una de las grandes epopeyas de la Grecia clásica. La Odisea, organizada en veinticuatro cantos y estos, a su vez, agrupados en tres partes, presenta un dispositivo narrativo tentador para los juegos temporales a los que el realizador inglés se ha acostumbrado recientemente. Así pues, La Telemaquia se va entremezclando con Los viajes de Odiseo antes de llegar al desenlace donde tiene lugar La venganza de Odiseo. Y, todo ello, sin olvidar la guerra de Troya –propia de La Ilíada– cuyo importante peso se incorpora a través de flashbacks a lo largo de la película.
No es anecdótico que el film arranque con “En un tiempo de aparente magia…”, pues a partir del primer momento, Nolan baja la épica de la narración y hace de la gran gesta algo terrenal. Esta humanización se refuerza también por una elección consciente de no incluir a ninguna deidad, a excepción de Atenea, cuya presencia acaba estando justificada más allá de la magnificencia de los dioses. Y, al mismo tiempo, se trabaja la mundanidad desde los efectos visuales prácticos, una decisión que deja admirables recreaciones de alguno de los más conocidos episodios del poema como los de Polifemo y Circe.
Esa no linealidad que tanto parece gustarle a Nolan –promovida aquí por constantes flashbacks y las tramas alternadas de Telemaco y Ulises– llevan, en esta ocasión, al largometraje a caer en un montaje picado e impaciente. Estas imprecisiones recuerdan a los peores momentos de Oppenheimer, cuando todo parecía más cercano a la edición de un tráiler que al de una película. No obstante, estos traspiés consiguen salvarse por la naturaleza oral que viene inherente a la epopeya Homérica y la incorporación, nuevamente, de Ludwig Göransson en la musicalización del metraje. En consecuencia, Göransson recoge la tradición cantada de los poemas e hilvana las imágenes de Hoyte van Hoytema con partituras siempre presentes, con mayor o menor solemnidad.
A pesar de los anecdóticos anacronismos, cabe no olvidar que La Odisea es, ante todo, un texto de ficción. Sin embargo, Nolan se encarga de dialogar con el presente y sus peligrosas derivas, a la par que sentenciar un mensaje antibelicista y la urgencia de elevar valores como la lealtad, el honor, la justicia y el trabajo colectivo por encima de todo. Todo ello, se acompaña de un extraordinario elenco en el que, al margen de los armoniosos Matt Damon y Tom Holland como protagonistas, destacan al fin la firmeza de papeles secundarios femeninos encumbrados por una imponente Anne Hathaway, una impertérrita Zendaya y una breve, pero intensamente inolvidable, Samantha Morton.
En resumidas cuentas, queda una fascinante película de aventuras como otros grandes clásicos que, pese a sus irregularidades, merece ser vista en pantalla grande. Y, a falta de disponer de un formato íntegro de IMAX en 70mm en nuestro territorio, siempre es favorable escoger uno de ambos, por separado, para disfrutar de una versión cercana a como La Odisea fue concebida.
Firma: Yoel González
Tras la guerra de Troya, el héroe Odiseo reúne a su tripulación para emprender el viaje de regreso a su hogar, Ítaca. Sin embargo, lo que no espera es que su travesía se alargue varios años.
Mientras tanto, su mujer Penélope y su hijo Telémaco comienzan a impacientarse y a temer su muerte después de tanto tiempo sin noticias suyas. Al ver que su casa se llena de codiciosos pretendientes para tomar la mano de su madre y gobernar el reino insular, el joven Telémaco decide zarpar en pos de noticias sobre su padre.