Interesante drama familiar sobre una de las mujeres más influyentes de la economía francesa. Pese a las sólidas interpretaciones, la película pierde fuerza al alargarse en exceso y diluir el potencial crítico que plantea.
La mujer más rica del mundo es una historia inspirada libremente en la figura de Liliane Bettencourt, heredera de L’Oréal. Thierry Klifa toma como punto de partida el célebre escándalo Bettencourt para llevarlo a la gran pantalla y construir un drama sobre el poder, el dinero y las relaciones tóxicas dentro de la alta sociedad. Con un reparto encabezado por Isabelle Huppert –en el papel del alter ego de Bettencourt, Marianne Farrère– y Laurent Lafitte –como el joven artista Pierre-Alain Fantin–, el filme apuesta claramente por las interpretaciones como motor principal.
Huppert destaca como una mujer compleja emocionalmente, que se mueve como pez en el agua en la opulencia y queda atrapada en su propio imperio, mientras Lafitte da vida a un personaje provocador, manipulador y sin escrúpulos. Marina Foïs aporta el punto de tensión moral como la hija que intenta destapar la verdad y Raphaël Personnaz representa la lealtad llevada al límite. El resto del reparto completa con corrección un retrato coral del entorno familiar.
Pese a su cuidada dirección artística y a la solidez de sus interpretaciones, la película se alarga en exceso y repite sus ideas. La narración avanza sin grandes sorpresas y se apoya más en los diálogos y situaciones insinuadas que en verdaderos hitos narrativos, lo que provoca que el relato pierda fuerza y termine resultando frío y reiterativo. A ello se suma un tratamiento de la dimensión homosexual de Fantin que, por su insistencia y explicitud, fuerza la construcción de su personaje sin aportar nada sustancial a lo ya evidente en su relación con Marianne y, así, desvía además el foco dramático.
Dicho esto, La mujer más rica del mundo es un drama bien interpretado, pero irregular en su desarrollo narrativo y temático y poco incisivo en su crítica social.
Firma: Rocío Montuenga
Marianne Farrère, esposa de un expolítico francés y miembro de una familia vinculada a un imperio económico del sector de la moda y el lujo, participa en una entrevista para la revista Selfish. Durante la sesión fotográfica conoce al artista Pierre-Alain Fantin, cuya personalidad provocadora genera una conexión inmediata con ella. Poco después, la decisión de Marianne de realizar una importante donación al joven creador desencadena un escándalo que despierta sospechas dentro y fuera de su entorno familiar.
A partir de ahí, Frédérique, su única hija y heredera de la fortuna, inicia una investigación que deriva en una batalla legal para hacer justicia y frenar los abusos de Fantin, mientras afloran indicios de una presunta trama de corrupción política en la que está implicada su propia familia.