Esta revisión del mito de Robin Hood muestra una faceta más oscura del personaje, con la ayuda de un Hugh Jackman muy acertado en su papel. A pesar de la crudeza puntual, el relato avanza hacia la redención y una cierta luminosidad.
Desde los años veinte del siglo pasado, Robin Hood ha sido un personaje llevado en múltiples ocasiones tanto a la gran como a la pequeña pantalla. Hasta la fecha, en la mayoría de sus versiones, esta leyenda del folclore inglés ha sido retratada como un héroe, un protector de los débiles, un “príncipe” de los ladrones incluso que robaba para los más desfavorecidos. Ahora Michael Sarnoski apuesta por desmitificar su figura y mostrar esa faceta de “bandido y asesino”como la otra cara de la moneda de los cuentos que ensalzaban su heroísmo y su bondad.
La muerte de Robin Hood describe a este ídolo con un lado más oscuro y salvaje como punto de partida para narrar un viaje de redención. Para ello, es crucial cómo está construido y dimensionado el protagonista, que muestra claras similitudes con Pig, la ópera prima del director, y el Rob de Nicolas Cage. Ambas películas comparten el hecho de rehuir la peripecia y la acción para apostar por un retrato de personaje. Así pues, los sangrientos combates se desvanecen tras el primer acto y el relato se transforma en una disección más emotiva; la epicidad da paso a la intimidad.
La elección de Hugh Jackman como protagonista resulta clave en tanto que es capaz, por un lado, de mostrar la rudeza y la brutalidad física del bandido y, por otro lado, sumergirse en su vulnerabilidad y emocionalidad. Junto a él, los dos personajes femeninos principales –la tierna “Little” Margaret y la caritativa hermana Brigid– sirven como acompañantes de ese viaje de expiación y facilitan bajar a tierra al icono idealizado.
A pesar de todo esto, esa atmósfera oscura, neblinosa y encarnizada del arranque acaba sobrevolando el resto del metraje, que poco a poco avanza hacia cierta luminosidad con la llegada al monasterio de San Clemente. Eso sí, el trabajo interpretativo y la cuidada ambientación ayudan a sumergirse en la historia de principio a fin. Llegado el momento, el simbólico y agridulce desenlace –anunciado, eso sí, por el propio título– cierra con una elegante realización y concluye la revisión del mito con una relectura sobre la cuestión del legado y la herencia moral.
Firma: Yoel González
Robin Hood vive aislado tras una larga vida de saqueos y asesinatos que lo han empujado a convivir con sus demonios y una profunda culpa. Aunque se mantiene retirado de cualquier conflicto, accede a ayudar a su amigo Little John para salvar a su hija: Little Margaret. Sin embargo, la misión desemboca en un feroz enfrentamiento en el que Robin resulta herido de gravedad. Tras ello, es enviado a un monasterio en una isla apartada para poder recuperarse junto a la pequeña Margaret. Allí encuentra, junto a la hermana Brigid, una oportunidad de redención.