Un film errático y desconcertante que rehúye la profundidad que un tema tan serio merecía tener. La incoherente construcción del protagonista y su lento giro hacia lo panfletario hunden las posibilidades de lo que pudiera haber sido.
El relato que propone Fernando Franco afronta un gravísimo problema que afecta, duele y escuece como pocos. El abuso sexual cometido por miembros de la Iglesia católica causa un lógico estupor por concernir a dos colectivos muy significativos: los niños, cuya vulnerabilidad está fuera de toda duda, y la Iglesia católica, una institución que siempre se ha caracterizado por el cuidado y la protección de los inocentes y menos favorecidos.
Es lógico que la gravedad e impacto de estos delitos no quedara fuera del quehacer cinematográfico, pero, por las mismas causas, se esperaba un film más serio, mejor realizado y en el que quedara patente la búsqueda de la verdad y de la justicia. Y La luz de Fernando Franco no cumple en absoluto las expectativas. En lo único que la película es coherente con el infame asunto es en su complejidad, aunque por motivos distintos. De la misma manera que a nadie le puede caber en la cabeza cómo se puede cometer un delito tan atroz, tampoco hay quien entienda qué nos quiere contar La luz y qué pretende con las inexistentes soluciones que propone.
Claramente, el guion se basa en dos coordenadas: la figura concreta del padre Monsalve y la durísima crítica a la jerarquía católica. Hubiera sido ideal que ambos vectores convergieran en algún punto pero el realizador, responsable de la dirección y de la escritura, no lo logra.
El problema más grave radica en el papel interpretado por Alberto San Juan. El padre Monsalve, protagonista absoluto, es un personaje muy pobremente descrito. Ni se ven ni se intuyen sus motivaciones, cambia de manera errática e incoherente al dictado de un guion que le somete a bandazos inverosímiles y contradictorios cuando se ve su desarrollo en el tiempo. No se entiende el personaje de Víctor, la reacción del sacerdote a la noticia de la denuncia, el tema de los medios… Y siendo Monsalve el tema central sobre el que descansa todo el metraje, el desconcierto al que se somete al espectador hace más pesada aún una película ya de por sí excesivamente lenta y larga. Un daño colateral de esta torpeza en la creación del personaje es la olvidable interpretación de Alberto San Juan. Este actor, siempre solvente, hace lo que puede por poner cuerpo y voz a un rol imposible de interpretar por su inconexa definición.
El otro eje del que hablaba es la crítica a la Iglesia católica. Si bien en la primera parte del film, mientras se acompaña al cura en sus primeros pasos, parece que el guion apuesta por la objetividad, en cuanto estalla el escándalo la película se convierte en un panfleto que hace una enmienda a la totalidad, repite eslóganes poco científicos y arremete contra la presunción de inocencia –algo que, en una democracia, todavía habría que respetar–.
Otros fallos menores afectan también al visionado de La luz. El montaje y las localizaciones son tan confusos como los pasos del protagonista y dudo de que haya sido un recurso artístico voluntario. En definitiva, una fallida producción, con un toque de chapuza, que ni los espectadores, ni mucho menos las víctimas de abusos, se merecen.
Firma: Esther Rodríguez
El sacerdote de un pequeño pueblo ha pedido a su obispo la dispensa para colgar los hábitos. Sus gestiones para conseguirlo coinciden con la reaparición de sus graves errores del pasado a los que deberá hacer frente a pesar de la oposición de sus superiores.