Esta evocadora adaptación de Finkiel, que apuesta por la ensoñación en tiempos difíciles, se ayuda de dos fantásticas interpretaciones y una elegancia en su realización para narrar otra historia ambientada en la 2ª Guerra Mundial.
Emmanuel Finkiel vuelve con un film que inevitablemente muestra claras resonancias con su último trabajo, allá por 2017. Al igual que en Margueritte Duras. Paris, 1944, el realizador francés adapta una novela —en este caso Flores de sombra de Aharon Appelfeld—, narra una historia marcada por la angustia y la confusión de una espera en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y vuelve a contar con una magnética Mélanie Thierry como protagonista.
Junto a la veterana actriz se encuentra el debutante Artem Kyryk, cuya fantástica actuación deviene crucial para el planteamiento formal de Finkiel. Este apuesta por sostener todo el relato desde el punto de vista de Hugo, un chico de 12 años que se ve obligado a vivir escondido en el anexo de un burdel tras la invasión nazi. La mirada infantil permite elevar la tristeza que impregna el guion al terreno de lo sensorial, con una elegante puesta en escena. Así pues, el espectador no asiste directamente a ninguno de los encuentros en la mancebía, ni de las matanzas ocurridas en el exterior. Todo se concentra en aquello que Hugo escucha, contempla a través de las mirillas de su escondite o imagina.
La habitación de Mariana rehúye un naturalismo estricto y las ensoñaciones de Hugo facilitan que el film se mueva entre espacios y realidades de forma sumamente orgánica. Asimismo, a nivel narrativo, este recurso funciona como una forma que el pequeño tiene para lidiar con la espera y con el trauma, así como una herramienta de maduración. Así, sus visiones se van alternando con el presente, entre la oscuridad del anexo y la luminosidad de los flashbacks o los momentos en los que se siente acompañado.
A pesar de algunos giros inexplicables, cambios bruscos en el parecer de ciertos personajes o un tratamiento difuso e inverosímil del paso del tiempo –que solo se entiende mediante una verbalización que resta delicadeza al conjunto–, La habitación de Mariana se constituye como un largometraje sensible y emotivo. Además, destaca que, pese al trasfondo tan manido en el que se encuadra, Emmanuel Finkiel sabe dejar su sello personal para dotarlo de mayor personalidad y profundidad.
Firma: Yoel González
1942, Ucrania. Cuando los nazis comienzan la invasión del país , la madre de Hugo solo encuentra un lugar seguro donde esconderlo: la habitación que Mariana, una amiga de la infancia, tiene en el burdel donde trabaja. Mientras la guerra continúa fuera, Hugo se ve obligado a pasar los días encerrado en la oscuridad de un armario-anexo, imaginando lo que ocurre más allá de su escondite. Poco a poco, sin embargo, entre Hugo y Mariana se irá forjando un vínculo íntimo y complejo, de amor maternofilial, que los ayudará a sobrellevar estos tiempos difíciles.