Paolo Sorrentino y Toni Servillo vuelven a colaborar en una propuesta más contenida, humanista y profundamente reflexiva. La historia toma distancia sin posicionarse para ahondar en la cuestión de la duda como algo mucho más amplio y universal.
La Grazia se abre con un simbólico plano del cielo por el que pasan tres aeronaves que arrojan una humareda que conforma la bandera italiana. Sobre esta, se van sucediendo fragmentos del art. 87 de la Constitución italiana, aquel que describe las funciones, las facultades y los poderes del Presidente de la República. Dos horas más tarde, Sorrentino deja que su protagonista sentencie que “la gracia es la belleza de la duda”. Bajo estos dos pilares –la presión de un cargo tan pesado e importante como el Jefe del Estado y la duda como cuestión universal– gira la nueva película del italiano.
La historia sigue al presidente Mariano De Santis, apodado como «Hormigón Armado» por su carácter sereno y casi inamovible en ciertas materias, durante sus últimos meses de mandato antes de su ansiado retiro. Este periodo final en su cargo viene marcado por un largo duelo por su mujer –fallecida años atrás–, una crisis vital y la presión de firmar un par de cuestiones que sellarán su imagen: por un lado, la concesión de unos indultos y, por otro, una ley estatal de eutanasia.
Ese acto de firmar se va demorando, no únicamente por la reflexión de las implicaciones de su decisión, sino también por las profundas meditaciones existenciales a las que se ve empujado. Estas giran sobre todo en torno a su mujer y la infidelidad de ella hace más de 40 años, algo que sirve para dar contexto al hilo argumental y dimensionar al personaje, pero que acaban ocupando demasiado y convirtiéndose en cavilaciones reiterativas. Aun así, Sorrentino acierta en acercarse al tema de fondo sin sentenciar sobre moralidades y sin adoctrinar al espectador; la duda se concibe como algo más amplio, un hecho extrapolable a otros contextos y que marca el sentido de la vida de cada individuo.
El cineasta napolitano mantiene su habitual esteticismo, si bien esta vez rebaja la suntuosidad de anteriores películas para apostar por una mayor –y ligera– sobriedad que refuerza la humanidad del protagonista y aterriza su conflicto en una mundanidad con la que empatizar. Su indiscutible sello autoral sigue marcando la presentación de los espacios, la simetría del encuadre o los elementos dispuestos en plano, o el uso ecléctico de la música como elemento de contraste, introspección y narración –muy teatral por momentos–.
La Grazia se mueve en unos claroscuros que acentúan esa introspección y reflexión del personaje de Toni Servillo. Aquí, una vez más, entrega una rotunda interpretación construida desde la contención absoluta y la templanza en cada gesto, que en Venecia le valió su cuarto premio Pasinetti y su primera Copa Volpi a Mejor Actor. Él es el gran pilar que sostiene el peso de una historia que también habla del olvido y el recuerdo o de la dificultad de dejar ir. Asimismo, deviene un emotivo relato paternofilial y un espejo que nos confronta con las constantes dudas de nuestras propias vidas, sin buscar axiomas y ensalzando ese espacio necesario para dudar y reflexionar.
Firma: Yoel González
Mariano De Santis, presidente de la República italiana, lleva una larga trayectoria dedicada a su cargo y se ha asentado no solo como un gran jurista, sino también como un celebrado demócrata y católico. Sin embargo, en los últimos meses en funciones, le surgen grandes dudas en torno a acontecimientos del pasado y, sobre todo, a importantes decisiones futuras, relacionadas con los indultos a conceder y una ley de eutanasia pendiente de firma. .