Pequeña joya del cine japonés que habla de pérdida, de amor y de una aldea que trata de sobrevivir a un tifón. Dirigida con delicadeza, la película es una oda a la naturaleza que deslumbra con una fotografía impecable.
Masakazu Kaneko escribe y dirige un drama con tintes románticos y fantásticos, pausado, contemplativo y lleno de delicadeza tanto en la forma como en el fondo. Es una obra donde el guion está cuidadosamente trabajado, pero en la que, sobre todo, el gesto adquiere más peso que la palabra. Fiel al alma japonesa, el amor se expresa a través de miradas, abrazos y gestos de ternura; y el enfado, mediante silencios tensos y pocos diálogos cargados de desesperación.
El filme alcanza una notable profundidad al entrelazar la leyenda de un amor imposible entre una aldeana y un hombre de las montañas con la vida cotidiana de una remota aldea ribereña constantemente amenazada por tifones en el Japón de 1958. Oyo y Saku se aman con intensidad: ella cuida de su hermano pequeño y de su padre viudo mientras se dedica a oficios manuales, y él pertenece a un grupo nómada de la montaña, artesanos de la madera capaces de crear piezas de exquisita precisión. Todo esto llega al espectador a través de los ojos del joven Yucha, quien escucha, en labios de un cuentacuentos con su teatro de papel, la leyenda del lago azul: la historia de cómo Oyo, incapaz de soportar el dolor de no poder unirse a Saku, se ahogó en sus aguas, y de cómo su pena habría dado origen a las inundaciones y tifones que asolan la región.
Sin duda, lo que destaca por encima de todo es la fuerza de la naturaleza, plasmada en una fotografía purísima que captura con precisión el fluir del río, el viento entre los árboles o las hojas que se deslizan sobre la corriente. Cada matiz verde y azul, cada cascada, piedra o fragmento de tierra conforma un bellísimo alegato visual, un auténtico canto a la creación. A ello se suman las interpretaciones de los protagonistas, contenidas, pero profundamente emotivas, capaces de expresar la fusión entre pasado y presente con una intensidad conmovedora. En ellas se condensan sentimientos universales: la pérdida, la imposibilidad de amar, la rabia interior, el duelo, la búsqueda de sentido, la redención y la salvación del otro por amor. Temas hondamente humanos, abordados desde un enfoque fantástico y mítico, que dejan un poso de nostalgia y pertenencia cultural.
Con todo, La doncella del lago es una pequeña joya que invita al público a saborear cine de calidad, no solo por su factura técnica, sino por un relato que abre espacio a la reflexión y la contemplación. Su música instrumental y sus planos cuidados al milímetro potencian aún más un viaje emocional capaz de conectar con las fibras más profundas del ser humano.
Firma: Rocío Montuenga
En un pequeño pueblo a orillas de un río, acostumbrado a la amenaza constante de los tifones, el joven Yucha crece entre tradiciones orales y temores ancestrales. En el verano de 1958, queda marcado por la leyenda que un narrador de teatro de papel cuenta a los niños: la historia de una joven que, consumida por un amor imposible, se ahogó en una poza de aguas azules, desatando –según el mito– las inundaciones que asolan la región. Con la aproximación de un nuevo tifón, y guiado por los consejos de su sabia abuela, Yucha emprende el camino hacia el estanque legendario con la esperanza de evitar la catástrofe.