La extensión del cortometraje de Júlia de Paz amplía sus posibilidades, pero es incapaz de equilibrar los diversos frentes. A pesar de la importancia de los temas abordados, la tibieza del desarrollo no permite ofrecer un conjunto sólido.
Después de ganar el Gaudí a mejor cortometraje en 2023, Júlia de Paz recupera la premisa de Harta para ampliar su metraje e intentar ahondar en una historia donde aparte de la separación o ese coming of age de su protagonista, se expone una mirada sobre el maltrato, un tema de triste actualidad dado el arranque de año que llevamos.
Este alargamiento narrativo permite a La buena hija extender el arco argumental, deteniéndose en matices, y profundizar en los contrastes y las contradicciones de sus personajes. La película sigue siendo un visionado duro de ver por la verosimilitud de los hechos, el testimonio de las consecuencias de una separación en una hija y la necesidad de esta por reconectar con un padre abusador, cuya imagen tiene idealizada.
El guion se ve marcado por un claro antes y después, un giro que decanta la balanza y mueve al espectador a repensar todas las apariencias concebidas. Sin embargo, el principal problema del film es que, en ambos lados de este punto de inflexión, peca de escenas forzadas e impostadas que buscan meter aspectos con calzador o sobreexplicarlos por miedo a que el espectador no los coja por sí mismo.
Es interesante cómo La buena hija aborda estos temas desde la mirada adolescente, pero le falta riesgo a la hora de repensar escenas que se sienten reiterativas, rehuir ciertos estereotipos y evitar caer en una planitud de su discurso. Algo más concreto y directo como la reciente Yo te creo –película que también aborda los maltratos paternofiliales, la justicia de menores y la separación de un matrimonio– habría resultado más efectivo, en lugar de haber abierto varios frentes y permitir que la sugerente premisa cayera en un tibio desarrollo y un final agridulce.
Firma: Yoel González
Tras el divorcio de sus progenitores y la imposición de una orden de alejamiento contra su padre, Carmela y su madre se mudan a casa de la abuela. En medio de este cambio que sacude su vida, Carmela sigue adorando a su padre, un artista plástico con problemas de autocontrol, y desea reconectar con él poco a poco, a través del régimen de visitas en el Servicio de Punto de Encuentro. Sin embargo, con el tiempo se irá dando cuenta de que su relación no es tan ideal como imaginaba y comprenderá el riesgo que esta puede conllevar.