Crudo y brutal drama carcelario que peca de expositivo y superficial, si bien atrapa instantáneamente por su asfixiante realización y unos sobresalientes David Jonsson y Tom Blyth.
Cal McMau arranca su filmografía con un visceral drama carcelario que, desde un primer momento, empuja al espectador a una experiencia tan vibrante como abrumadora. En sus mejores instantes, Hombres de acero recuerda a la brillante Un profeta. No obstante, aunque transita con aplomo entre la oscuridad del contexto y su lado más emocional, acaba distanciándose de la profundidad que tenía la obra de Audiard.
Resulta acertado esa mirada expositiva por la que apuesta el film, mediante la que intenta configurar un retrato al margen de cualquier ensalzamiento, romantización y, mucho menos, la inclusión de cualquier gesta heroica propias de las películas sobre fugas. Consecuentemente, la brutalidad deviene propia de ese acercamiento a la convivencia entre reos y el tanteo con los motivos de sus respectivos encierros. Aunque rehúye los clichés, los ciclos de violencia y de corrupción acaban apareciendo inevitablemente.
Con una realización que apuesta por planos muy cerrados y la inclusión de grabaciones en vertical que emulan las filmaciones con móvil, McMau construye un encierro claustrofóbico. En él, sus personajes se encuentran siempre asfixiados y enfrentados entre ellos, lo que alimenta ese ambiente amenazante en el que reina la ley del más fuerte. Lentamente, a medida que se van complicando las situaciones en el penal, el argumento va adoptando rasgos del thriller y el realizador británico demuestra un solvente dominio de la tensión y la incómoda violencia crecientes.
Si bien la ausencia de cierta reflexión de fondo o justificación de ciertas demostraciones físicas restan solidez al relato, la introducción de esa trama paternofilial entre Taylor, el protagonista, y su hijo (Cole Martin) permite aligerar el visionado. Asimismo, permite incorporar una humanidad que a veces parece ajena al entorno presentado. En ese sentido, el afilado duelo interpretativo entre Tom Blyth y David Jonsson afianza la compleja dimensión interrelacional, a la par que los consolida como dos magníficos actores. Igualmente, abre un ligero espacio de reflexión sobre el impacto de las malas influencias, la posibilidad de resarcirse de los errores pasados y los límites de los propios códigos éticos.
Firma: Yoel González
Taylor está a punto de obtener la libertad condicional tras cumplir gran parte de su condena. Sin embargo, sus esperanzas de volver a empezar fuera se tambalean cuando la llegada de un nuevo compañero de celda, Dee, lo exponen a una peligrosa espiral de violencia y corrupción.