Con una mirada delicada y profunda, Guerín dirige un documental que retrata historias hilvanadas por una misma fraternidad humana y atravesadas por la diversidad que trae consigo el fenómeno migratorio en Vallbona.
Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián, Historias del buen valle retrata con absoluto realismo la vida de quienes nacieron en Vallbona y también de quienes llegaron desde otros lugares a este enclave apartado de Barcelona, donde lo rural se convierte en una forma de vida compartida. Rusos, ucranianos, africanos, italianos, gitanos, portugueses, franceses, andaluces y algún catalán… conviven en este territorio que muchos desconocen, habitado por unas 1.400 personas de orígenes y culturas diversas.
Cantan, comen, se bañan en el río, temen que los Mossos los sorprendan, van al colegio y crecen entre iguales —o no tan iguales—, pero forman una misma comunidad vecinal y fraterna.
El documental está atravesado por una nostalgia constante: por el paso del tiempo, por las personas que ya no están y por los paisajes transformados. Esta melancolía se hace visible cuando un niño expresa su deseo de que el barrio no cambie tanto, porque antes era mejor; cuando una anciana recuerda “qué verde era mi valle”; o cuando un vecino le sugiere a Guerín que la película debería ser un western.
Es claro el deseo de Guerín de trabajar desde lo colectivo: la comunidad, la fraternidad, la vecindad. El sonido del entorno —el río, el viento, la naturaleza— refuerza esa identidad compartida. Vallbona se escucha tanto como se ve y sus habitantes se saben profundamente arraigados a esta tierra periférica.
Se trata de un cine sensorial, que apela con sutileza a los sentidos mediante primeros planos de árboles, flores moradas, caminos y hortalizas. El espectador es transportado a esas casas y senderos, a ese paisaje rural tan alejado del ritmo tecnológico de la capital catalana.
Historias del buen valle está habitado por la verdad: las vías del tren, la vegetación, las distintas nacionalidades, las autopistas que cercan la ciudad dormitorio, los sonidos locales, un catalán torpe, recuerdos íntimos (“me acuerdo cada día de mi mujer”), un castellano mezclado con flamenco y catalán, un barrio ignorado por sus contemporáneos, un fenómeno migratorio iniciado en los años sesenta que hoy sigue latiendo con fuerza, viviendas sin permisos legales, el río y sus veranos, las cenas cotidianas, las guitarras y las cervezas. Todo ello une a los vecinos bajo un mismo impulso: luchar por su tierra y salir adelante integrándose en la sociedad.
Firma: Rocío Montuenga
En el extrarradio de Barcelona se encuentra Vallbona, un barrio aislado entre un río, autopistas y vías de tren. Un territorio periférico donde sus habitantes viven al margen de la gran capital catalana, entre tareas rurales y formas de vida casi desaparecidas del centro urbano. En esta ciudad dormitorio se asienta un nuevo núcleo migratorio, humilde y diverso, formado por personas de distintas procedencias. Aquí conviven vecinos radicalmente diferentes en origen, lenguas y maneras de entender el mundo, unidos por una misma realidad: la supervivencia cotidiana y la lucha vecinal.