Este film, a modo de homenaje póstumo, parte de un sugerente arranque y parece esbozar un atinado retrato de la adolescencia. Sin embargo, la apatía del protagonista se contagia en la realización y afecta al visionado.
“Una película de Laurent Cantet dirigida por Robin Campillo”. Esta singular presentación en los créditos de Enzo responde a que el proyecto fue iniciado por el veterano director francés Laurent Cantet, habitual del cine social como demostró en La clase, Recursos humanos o Regreso a Itaca. Tras su fallecimiento, Robin Campillo, colaborador habitual de Cantet en el montaje y los guiones, decidió llevar a término el film a modo de homenaje a su amigo y mentor. Desconozco hasta qué punto el resultado final tiene más de uno que de otro, aunque lo irregular de la película sí que puede deberse a su realización a cuatro manos descompensadas.
El planteamiento e hilo conductor de este relato es muy interesante y atinado en cuanto al retrato de un adolescente demasiado habitual en estos días. Enzo tiene 16 años, ningún problema externo: padres tolerantes que le respetan, una gran casa con piscina, una moto, un hermano que le ignora lo justo y cierta habilidad para el dibujo. Y, sin embargo, Enzo no es feliz y siente que no encaja en el mundo que le ha tocado vivir. Su rebeldía es también curiosa: deja los estudios y decide deslomarse en una obra como aprendiz de albañil ante el desconcierto de sus padres, que en ningún caso le impiden su decisión aunque no dejen de aconsejarle volver al instituto. Esta falta de oposición hace más impactante la crisis de Enzo, ya que se entiende que hay que buscar su vacío existencial en algo más profundo. Y ahí es donde creo que el film pierde fuelle, porque se limita a observar la lenta deriva del protagonista hacia un agujero que él mismo está cavando. La falta de atención verdadera, tanto de su familia como de los realizadores de Enzo, hace que se limiten a otear los bandazos hormonales que llevan al chaval de los brazos de una chica a la atracción sexual por un compañero de trabajo mayor que él.
La apatía que rodea al adolescente se contagia al espectador. Sin embargo, en vez de aprovecharla para indagar más en los problemas de los jóvenes de hoy o al menos sus causas, apuestan por una asepsia que, si se mete uno de verdad en la historia, acaba por indignar. O al menos eso me pasó a mí.
Firma: Esther Rodríguez
Enzo tiene 16 años y es de familia acomodada. Sin embargo, no encuentra su sitio en el mundo, por lo que abandona sus estudios para trabajar de albañil ante el desconcierto de sus padres y de sus compañeros de trabajo.