El tono humanista y el dúo protagonista, junto con los puntuales momentos de risa, consiguen equilibrar una historia irregular que peca de artificiosa, cae en cierta previsibilidad y no consigue atar todos los cabos con coherencia.
Anders Thomas Jensen presenta una propuesta cuyo punto de partida resulta sugerente por su combinación inusual de elementos. Aunque el thriller y el cine de atracos parecen moldear el arranque de la trama de uno de los protagonistas, Anker, después es el drama el que comienza a coger forma en la historia; siempre, eso sí, sustentado por un telón de comedia negra que carece de una consistencia sostenida durante todo el film.
Tras cumplir su condena de quince años por robo y asesinato, Anker vuelve a su casa para que su hermano, Manfred, lo lleve hasta el punto en el que enterró el dinero que la policía jamás encontró. El principal problema es que el trastorno mental de Manfred dificulta esa búsqueda y, entre varias peripecias, acaban en la casa de su infancia. Allí se encuentran un variopinto grupo de personajes: los nuevos inquilinos de la casa (un matrimonio disfuncional con una mujer infeliz y un marido en mitad de una crisis creativa) y un grupo de ex-internos de un centro psiquiátrico con las mismas afecciones identitarias que Manfred. Por si fuera poco, estos deciden formar una banda de música, ya que creen ser los propios Beatles. Es decir: la película resulta en una confluencia de excéntricas tramas.
Sin embargo, en el desarrollo del film El último vikingo peca de cierta artificiosidad y, en su carácter buenista, empuja al metraje a caer en lo evidente y lo subrayado. Todo esto desemboca, además, en un final con cabos sueltos sin resolver que denotan cierta falta de verosimilitud (dentro, incluso, del peculiar contexto presentado).
El film consigue cierto equilibrio gracias a los momentos graciosos de humor negro –presentes de inicio a fin, incluso con la fábula sangrienta de dudosa moralidad que abre y cierra la historia– y con su carácter humanista. Bajo él, el director aborda temas como la posibilidad de las segundas oportunidades, la importancia de encontrar la propia identidad, las fortalezas del trabajo en equipo, la salud mental y el pilar esencial que puede suponer la fraternidad. Eso sí, no resulta tan habilidoso en temas más serios como los abusos familiares, que expone formalmente con un estilo un tanto frívolo. Para compensar todo esto resultan esenciales las interpretaciones de Nikolaj Lie Kaas y, sobre todo, la de un camaleónico Mads Mikkelsen, que logran mantener la atención del espectador.
Firma: Yoel González
Anker vuelve a casa tras cumplir una condena de quince años por robo y asesinato. En ese entonces, el dinero fue enterrado por su hermano Manfred, el único conocedor de su ubicación. Sin embargo, el trastorno mental de Manfred se ha acentuado en ausencia de Anker y ha provocado que se olvide de cosas cada vez que cambia de personalidad. Así pues, lo que parecía una búsqueda fácil, acaba resultando en un inesperado y complejo viaje de autodescubrimiento y fortalecimiento de los lazos fraternales.