Hugo Stuven convierte un aislado hogar en una inquietante guarida donde afloran paulatinamente los traumas del pasado de una familia que vive encerrada allí. Una propuesta perturbadora de terror psicológico que, pese a sus posibilidades, se diluye por un guion irregular y poco nítido.
Tras la serie Dime tu Nombre, Hugo Stuven sigue explorando historias con ese halo de terror psicológico y tensión dirigido a los amantes del género. Ahora lanza El Nido, una propuesta tan perturbadora como macabra que utiliza la metáfora del nido para construir un hogar claustrofóbico que es, al mismo tiempo, una especie de cárcel y una guarida protectora frente a un mundo exterior percibido como maligno. En esa casa de madera que cruje a cada paso, en medio de un frondoso bosque, aparece un huésped en busca de un poco de agua. Pronto descubrirá que no se trata de un hogar normal: unos raíles recorren los estrechos pasillos por el suelo, mientras madre, hijo y abuela subsisten gracias al huerto y a la leche de cabra. Apenas salen al exterior, pues viven convencidos de que el aislamiento es la única forma de mantenerse a salvo del mal que acecha afuera.
Bajo esta premisa, que no resulta especialmente original, Stuven explora el miedo y la tensión del espectador a través de una cuidada construcción sonora y visual: crujidos, puertas, gritos, oraciones que parecen conjuros, silencios, miradas y un espacio muy bien planteado que consigue trasladar al espectador la misma sensación de encierro que experimentan los personajes. En este sentido, El Nido convierte el hogar en un espejo de nuestros miedos, tensiones y claustrofobias, al tiempo que plantea cuestiones interesantes relacionadas con los traumas de infancia vividos en la propia vivienda y con las inseguridades que arrastramos como adultos a causa del daño sufrido. La casa se convierte así en una cueva de seguridad, pero también en una metáfora de las heridas más hondas: una prisión de la que escapar y una cadena que romper.
Pese a la interesante construcción de esta idea, el filme queda lejos de lo que promete sobre el papel. El relato avanza de manera demasiado forzada y termina convirtiéndose en una propuesta insólita que, en lugar de potenciar sus posibilidades psicológicas, apuesta por escenas cada vez más desagradables y siniestras que terminan desviando el foco de su dimensión dramática. El guion resulta caótico, deja demasiados elementos sin desarrollar y presenta un secreto que sale finalmente a la luz de forma desordenada y poco ligada al tema central del trauma familiar. Son varios los traumas que acechan a la protagonista, interpretada con enorme solvencia por una Michelle Jenner que vuelve a demostrar su capacidad para sostener personajes complejos.Por su parte, Luisa Gavassa también resulta creíble como una madre enajenada y extravagante. Sin embargo, la historia acaba dispersándose al intentar explorar demasiados frentes a la vez dentro de ese extraño hogar donde nada es realmente seguro, pacífico, claro ni amoroso.
Queda así una propuesta inquietante y angustiosa que consigue generar tensión y construir una atmósfera perturbadora, pero que aporta poco más debido a una idea con posibilidades que no termina de perfilarse ni desarrollarse con suficiente solidez y claridad.
Firma: Rocío Montuenga
Marta es una mujer que vive excesivamente preocupada por proteger a su familia de un mundo exterior que considera peligroso. Por ello, mantiene tanto a su anciana madre como a su hijo pequeño encerrados en las cuatro paredes de una casa un tanto curiosa, aislada en el bosque, convencida de que así estarán a salvo. Sin embargo, la llegada de Velasco, un hombre capaz de sacar a la luz la oscuridad que Marta lleva dentro, hará tambalear el frágil equilibrio sobre el que se sostiene todo.