Esta nueva versión de la obra de Camus se envuelve con un hermoso telón visual y una destacable interpretación protagonista. Aun así, se queda vacía ante su incapacidad de adaptar ciertos puntos e ir más allá del texto escrito.
François Ozon vuelve a El extranjero, una obra que ya fue adaptada por el gran Luchino Visconti y protagonizada por dos grandes estrellas del cine: Marcello Mastroianni y Anna Karina. Para ello, el realizador francés cuenta con Benjamin Voisin, que nuevamente demuestra su prometedor futuro en una excelente interpretación. El joven se mete en la piel del complejo Meursault con elocuencia y es capaz de capturar esa apatía del personaje, su carácter taciturno y retraído, con el andar entre la multitud y la impasibilidad grabada en su rostro. Este conjunto de emociones retrata fielmente ese abandono ante la supuesta absurdidad de la vida que plantea la obra de Albert Camus.
Además del acierto con la elección de Voisin, la película destaca sobre todo en el apartado visual. El blanco y negro acentúa la elegancia de ciertas imágenes y refuerza el trabajo pulido de ciertos encuadres, pero sobre todo resulta clave para retratar el tono existencialista de la novela. De esta, también se extrae la narración fragmentada: los flashbacks se van intercalando con la espera del protagonista ante la sentencia por el crimen que ha cometido. Todo ello, mientras reflexiona sobre su propia vida, el sentido de esta y las consecuencias de sus actos.
Sin embargo, a pesar de esas resonancias temáticas con el escrito de Camus, Ozon no acaba de perfilar una adaptación compacta y que vaya más allá. Al margen de esos silencios y diálogos existencialistas, el director pierde la primera persona que guía el libro y muestra cierta torpeza en intentar ayudar al espectador a acercarse a un protagonista con el que, ya de por sí, es difícil empatizar y, sobre todo, comprender la naturaleza de su modus vivendi. Ese distanciamiento se suma a un ritmo sosegado que hacen de El extranjero un visionado exigente para la audiencia, sin facilitarle llegar a conclusiones fructuosas.
Firma: Yoel González
Argelia, años 30. Meursault vive sumido en una apática rutina. Un día recibe la notificación del fallecimiento de su madre y él acude, con especial desafección, a velarla y enterrarla. A su vuelta, se reencuentra con Marie e inician lentamente una relación. Sin embargo, esa indiferencia ante la que va sumiendo a su existencia parece irse acentuando y cuando un vecino suyo, Raymond, se cruza en su camino, la semilla de una idea irá creciendo en su conciencia hasta derivar en un acto irreversible que cambiará su vida para siempre.