Spielberg regresa a los extraterrestres con una firmeza, en forma y fondo, que se sobrepone a los tropiezos de guion. El pulso dramático entre géneros y el dúo Blunt-O’Connor ponen el broche a esta propuesta entretenida y humanista.
Después de su semiautobiográfica Los Fabelman, Spielberg vuelve con una historia de extraterrestres, aquellos seres con los que consiguió fascinar a los espectadores en más de una de sus obras y a los que no regresaba desde La guerra de los mundos en 2005. En El día de la revelación recupera esa capacidad de cuentacuentos y sucumbe, eso sí, a una inevitable autorreferencialidad.
La película propone dos tramas separadas que progresivamente se van uniendo, mientras que como telón de fondo se sostiene una inestabilidad política –aterradoramente contemporánea– que anima al espectador a vivir el relato con mayor cercanía. Además, el director demuestra un excelente dominio narrativo con una constante transición entre géneros que mantiene un enérgico ritmo y es aupado por dos magnéticos protagonistas. Mientras que Josh O’Connor se asienta en la vulnerabilidad y el nerviosismo propio del thriller, Emily Blunt se presenta en una contraparte más cómica –sumamente hilarante por momentos– y evoluciona de forma asombrosa por distintos registros sin perder la esencia de su personaje. Junto a ellos, un grupo de secundarios liderados por Colin Firth, Colman Domingo y Eve Hewson acaban de redondear el despliegue interpretativo.
El día de la revelación encuentra su talón de Aquiles en un guion con ciertos cabos sueltos y una autorreferencialidad construida íntegramente para los admiradores de la filmografía de Spielberg. Sin embargo, sabe jugar con ese misterio inicial, lo dosifica armoniosamente y consigue desplegarlo de forma coherente con la trepidante acción que la acompaña. Ese control del pulso narrativo construye un suspense in crescendo que desemboca en un final chocante, pero que despierta en la audiencia una necesidad de dialogar, discutir y escuchar aquello presentado por el realizador. Todo ello mientras la obliga a mirarse al espejo y la anima a reducir el miedo a lo desconocido con su capacidad para empatizar con los alienígenas, ese otro distinto y extranjero.
De esta manera, el film ofrece una experiencia sumamente entretenida para disfrutar en salas, en la que Spielberg se muestra en forma para seguir componiendo planos inolvidables y emocionar como consiguió ya con obras como E.T. o Encuentros en la tercera fase. Eso sin olvidarse de, por un lado, sentenciar la verdad como una entidad que pertenece a todos –y que debería estar por encima de cualquier institución– y, por otro lado, ensalzar la empatía como motor de la evolución humana.
Firma: Yoel González
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