Ondřej Provazník ofrece una delicada y perturbadora mirada a la necesidad de sentirse admirada y elegida en la adolescencia, con una estética bellísima y una tensión que crece a fuego lento.
Ambientada a comienzos de los años 90, El coro de Praga halla en unas voces angelicales una imagen tan melosa como inquietante. El coro se convierte en un escenario de aprendizaje, pero también de competencia y comparación entre las figuras femeninas: un grupo de adolescentes que buscan destacar, ser escuchadas y, sobre todo, ser elegidas. Karolína, la protagonista de apenas trece años, posee una inocencia y una dulzura que contrasta con sus inseguridades más hondas: teme no estar a la altura de su potencial, sentirse rechazada y quedar siempre a la sombra de su hermana Lucie y de sus compañeras, algunas de las cuales no dudan en hacerle daño con comentarios y actitudes que terminan convirtiéndose en acoso y rechazo verbal.
En ese contexto, aparece Vít Mácha, un profesor exigente, inteligente, atractivo, todavía joven y de presencia imponente. Este dirige el coro con mano dura, pero también con toques de humor y sutiles halagos hacia las chicas. Así pues, su autoridad y su carisma despiertan la admiración de las jóvenes, especialmente la de Karolína. Sus comentarios comienzan a ocupar un espacio demasiado importante en una adolescente que necesita sentirse valorada y especial, y a quien las demás no dejan de envidiar y fastidiar. El coro de Praga entiende bien cómo esa necesidad de reconocimiento puede convertirse en una puerta de entrada a la manipulación: cuanto más insegura se siente Karolína frente a las demás, más poder adquiere la mirada de ese adulto que parece mirarla de una manera diferente.
Todo se cocina a fuego lento. Los cruces de miradas, los silencios elocuentes, los ensayos y los pequeños gestos aparentemente inocentes van construyendo una relación cada vez más incómoda, mientras el reparto sostiene el relato desde la contención. Kateřina Falbrová, en el papel de Karolína, transmite con especial sensibilidad esa mezcla de ilusión, vulnerabilidad y miedo a perder el lugar que por fin cree haber encontrado; Juraj Loj, como Vít Mácha, encarna el inquietante talento de quien sabe exactamente cómo acercarse y qué decir para ganarse su confianza. La bellísima estética y la perfecta armonía de las voces acentúan todavía más el contraste entre la pureza de la imagen y aquello turbio que se está gestando bajo su superficie «inmaculada», casi divina. La música es, además, una verdadera obra de arte: los ensayos y, especialmente, el recital final en Viena son todo un deleite para los ojos, pero, sobre todo, para los oídos.
Aunque el ritmo pausado puede hacer que la primera mitad avance con cierta irregularidad, la cinta va estrechando paulatinamente el cerco hasta desembocar en un clímax final cuya fuerza reside precisamente en todo lo que se ha ido sembrando antes: una escena que impactará al espectador y que es fuerte, todo sea dicho. El coro de Praga no necesita grandes subrayados para hablar de abuso y poder: le basta con observar cómo una adolescente que solo quería ser admirada, aceptada y elegida acaba cayendo, casi sin darse cuenta, en la trampa de alguien que supo aprovecharse de sus inseguridades. Una propuesta delicada y perturbadora que aborda temas difíciles y dolorosamente presentes en nuestra realidad, pero que, sobre todo, consigue visibilizarlos con una mirada convincente: la de Ondřej Provazník.
Firma: Rocío Montuenga
Con tan solo trece años, una joven recibe la oportunidad de formar parte de un prestigioso coro, donde compartirá escenario con su hermana y otras chicas de su ciudad. Su talento no tardará en despertar el interés y la fijación del exigente director. Bajo la apariencia de una relación basada en la música y la confianza, el hombre irá aprovechándose de las ilusiones y aspiraciones de la adolescente para acercarse cada vez más a ella.