Kleber Mendonça Filho realiza un fabuloso ejercicio poliédrico. Junto a un gran protagonista y un fascinante reparto de secundarios, consigue engranar un film con diversas lecturas, sobre todo una en torno a la memoria histórica.
El agente secreto arranca con una selección de fotografías de archivo en blanco y negro que contextualizan a la sociedad del momento en que se va a narrar la historia: los últimos años de la década de los 70 , aún en mitad de la dictadura militar brasileña. Tras eso, Kleber Mendonça Filho realiza un magnífico ejercicio de síntesis en la primera escena. En ella, Marcelo, el protagonista, llega a una gasolinera para repostar: ahí confluyen la tensión del momento político social, con el abandono de las víctimas del régimen y ese ligero toque cómico ante hechos que, de tan descabellados, resultan inconcebibles. Mendonça condensa así la esencia de todo el film que está por venir.
La película podría categorizarse como un thriller político, pero eso resultaría sumamente reduccionista. En parte lo es, aunque prima la construcción pausada de sus giros y la cocción lenta del misterio, el suspense y cada uno de sus detalles. Asimismo, El agente secreto es un retrato social de época: una historia que abraza los elementos fantásticos con apasionante naturalidad y, al mismo tiempo, aprovecha, para realizar una oda al cine -ese estreno de Tiburón de Steven Spielberg interconecta ambos elementos y resulta sumamente revelador-. Más allá de eso, y quizás por encima de todo, el largometraje es un acto de rememoración a los desaparecidos de la dictadura y un honorable ejercicio de memoria histórica sobre una de las etapas más oscuras de la historia reciente brasileña -un período que Walter Salles abordó igualmente en Aún estoy aquí, también nominada al Óscar en representación del país el año pasado-.
Kleber Mendonça Filho construye una narración no lineal dividida en tres capítulos, en la que la trama de Marcelo se va interrelacionando con distintos personajes y tiempos. El pasado del protagonista y su posterior huida a Recife, mientras es perseguido por dos mercenarios, se entrelaza con el presente, en el que una estudiante universitaria intenta reconstruir los pasos de Marcelo a través de cintas de casete. Esa voz que escucha refuerza todo el ejercicio de reminiscencias y permite unificar esta especie de retrato poliédrico del estado de la nación.
El director y guionista demuestra un fascinante tratamiento de la imagen, con un montaje preciso, un manejo ágil de los tiempos (pese al tempo lento que adopta el film) y una cámara siempre hábil en retratar aquellos detalles que fortalecen la lectura del discurso, como la elevación constante al retrato del dictador, colgado en distintos espacios como una amenaza omnipresente. Todo ello, junto con un enriquecedor elenco de secundarios y un meticuloso Wagner Moura, convierten a El agente secreto en una propuesta digna de reconocimiento y valiosa para contemplar el presente y evitar repetir errores pasados.
Firma: Yoel González
Brasil, 1977. En mitad de la dictadura militar del país, Marcelo regresa a Recife para reencontrarse con su hijo, intentar reconstruir su vida y buscar cualquier información sobre su madre. Sin embargo, la ciudad pronto deja de ser un refugio cuando los dos sicarios, contratados por poderes gubernamentales, llegan para darle caza.