Sergei Loznitsa firma una obra contenida y profundamente evocadora, centrada en un fiscal soviético íntegro en la Rusia anterior a la Segunda Guerra Mundial. Sus elecciones estéticas y la actuación de Kuznetsov elevan el conjunto.
Tras varios años desde En la niebla, El director ucraniano Sergei Loznitsa, ganador de varios premios en festivales europeos por sus documentales críticos sobre la opresión sufrida por el pueblo ruso bajo los totalitarismos de Stalin y Putin, retorna con un largometraje que mantiene su estilo distintivo: un cine incómodo y que invita a la reflexión. En Dos fiscales, Loznitsa presenta la historia de Alexander Kornev, un fiscal soviético íntegro cuyo compromiso con la justicia y la verdad se convierte en un acto de valentía frente a un sistema marcado por la ambigüedad moral y la corrupción.
Kornev, interpretado con maestría por Aleksandr Kuznetsov, recibe una carta escrita con sangre en su escritorio tras su nombramiento. Su rectitud lo enfrenta a lo aparentemente imposible: entrevistar al autor de la carta, un prisionero llamado Spetniak, quien logra contarle una verdad escalofriante a Kornev durante la conversación íntima que mantienen dentro de su celda. El protagonista lleva su hallazgo hasta la fiscalía general de Moscú para visibilizar las actuaciones amorales de las purgas y los castigos ordenados por el NKVD. En este proceso, el joven fiscal se enfrenta a otro más experimentado en la profesión, pero subordinado a la maniobra stalinista. Y, tras ello, el desenlace conmueve tanto por su sorpresivo giro como por su capacidad para condensar la esencia del filme. Esta queda sintetizada en un interrogante: ¿Hasta qué punto la integridad, en aras de alcanzar la justicia, corre el riesgo de sufrir la maldad en su forma más perversa e inesperada?
En un estilo autoral, Loznitsa juega con su “idea controladora” a través de su elección estética: el clima del filme es contenido, pero profundamente evocador gracias a lo que se dice sin palabras. El encuadre en formato 4:3 enfatiza visualmente la solidez de Kornev frente a la mentira del régimen: la cámara permanece inmóvil, como si el espectador accediera a la verdad de la realidad (aunque ficcionada), y ofrece una ventana a cómo pudieron ser las cosas en la Rusia de los años 30, antes de la II Guerra Mundial. Los diálogos son igualmente contenidos: ni se dice de más ni de menos. La sobriedad de la paleta de colores —tonos marrones, negros y grises— refuerza tanto la pobreza moral de los seguidores de Stalin como el deterioro material de los prisioneros. Todo este juego estético está al servicio de una idea central: la lealtad de un solo hombre como puente para condenar el deterioro moral de un conjunto de hombres vendidos.
En definitiva, aunque su ritmo pausado pueda resultar muy lento, Dos fiscales ofrece una reflexión necesaria y un homenaje histórico, que evidencia un cine elegante y de calidad.
Firma: Rocío Montuenga
URSS, 1937. Tras las purgas estalinistas, miles de cartas de prisioneros falsamente acusados han sido quemadas en secreto. Sin embargo, una de ellas logra escapar y llega al escritorio del recién nombrado fiscal local, Alexander Kornev. Con cautela y valentía, Kornev descubre que la carta revela la corrupción de la NKVD e inicia una investigación que lo lleva hasta la prisión de origen de los documentos. Su búsqueda de justicia lo conducirá finalmente a la Fiscalía General de Moscú, donde enfrentará un régimen totalitario maquillado de legalidad.