Esta adaptación, técnica y visualmente hipnotizante, destaca por las audaces interpretaciones que ofrecen Margot Robbie y Jacob Elordi. Sin embargo, el filme se pierde en un erotismo que eclipsa los matices psicológicos y debilita la fuerza de la historia.
A finales del siglo XVIII, en los páramos de Yorkshire, Catherine Earnshaw vive en “Cumbres Borrascosas”, el hogar de su viudo y ludópata padre, un hombre sin escrúpulos que no muestra afecto alguno hacia su hija. Con ellos vive Nelly, hija bastarda y sirvienta, junto a los pocos criados que aún sostienen la casa. En un momento de compasión, el Sr. Earnshaw acoge a un muchacho de la edad de Cath, a quien ella da el nombre de Heathcliff, como el de su hermano fallecido. Juntos crecen y forjan un vínculo tan íntimo como pasional, marcado por una especial conexión, pero también herido por el maltrato del padre, responsable de ir deformando en ambos su manera de comprender el amor. Ella se tornará en una mujer orgullosa que, por supervivencia económica, se aleja de sus auténticos anhelos; él, humillado, se convertirá en un hombre obsesionado con poseerla y que se deja llevar por su lado más oscuro, aunque movido por amor.
La película aborda la complejidad de los grandes temas de Emily Brontë —las devastadoras consecuencias de no seguir el propio corazón, el matrimonio de conveniencia, las desigualdades de clase, el escaso margen de decisión de la mujer, la humillación social— y, sobre todo, el amor como fuerza de unión y alineación de almas. Asimismo, también lidia con su reverso oscuro: los celos, la pasión que ciega la razón o el amor que se vuelve obsesivo y destructivo.
No obstante, aquí surge el primer gran pero: Emerald Fennell se distancia demasiado de la novela al insistir en un erotismo constante que llega a lo forzado. Las escenas sexuales reiteradas, los planos cargados de intención provocadora y ciertas secuencias explícitas terminan generando una hipersexualización que eclipsa los matices psicológicos de los personajes y reduce su profundidad narrativa. La historia cae así en un bucle tóxico que prioriza lo carnal sobre lo verdaderamente humano y muestra además lo más deplorable de la sexualidad humana.
Sin embargo, resulta innegable que Cumbres borrascosas es, en lo visual, un espectáculo. El tratamiento del color, la iluminación, la fotografía y los planos intimistas y contemplativos generan un gran impacto estético. Tres colores atraviesan el metraje con una simbología muy pensada: el rojo, como pasión y herida; el blanco, como frío, ausencia, muerte y anhelo de eternidad; el negro, como oscuridad del alma cuando el amor se vive desde el orgullo, la envidia y la revancha. La reflexión visual sobre la perversión del amor es coherente con los temas subyacentes. Y, en el centro, Margot Robbie y Jacob Elordi sostienen la intensidad del relato con interpretaciones audaces y apasionadas, que devienen el motor de la película.
El azul, presente como signo y en los diálogos entre Cath y Heathcliff, es el único atisbo de luz que deja entrever el filme. Con él, Fennell parece expresar lo radical, dramático y terrible que puede ser amar a alguien, incluso cuando el azul existe; es decir, cuando el anhelo verdadero sigue latiendo.
En definitiva, Cumbres borrascosas emerge como una versión poderosa en lo visual, pero excesivamente larga y, sobre todo, tremendamente banalizada y sórdida en el fondo.
Firma: Rocío Montuenga
En los páramos de Yorkshire, Catherine Earnshaw crece junto a Heathcliff, acogido en el hogar familiar tras ser rescatado de la pobreza por el padre de ella. Entre ambos nace un amor profundo e intenso; sin embargo, el egocentrismo de Catherine y la obsesión de Heathcliff los arrastra a un drama terrible irreversible. Encadenados a sus propias pasiones y cada vez más alejados de la razón, caen en una relación compleja, destructiva y ardiente que marcará sus corazones para siempre.