Inspirada en una historia real, la película retrata el alzhéimer precoz a través de los lazos familiares. Un drama contenido y luminoso que habla del cuidado, la dignidad y la esperanza con una sensibilidad alejada del melodrama.
El alzhéimer ha sido representado en el séptimo arte en múltiples ocasiones, pero Cosas que no olvidaré rehúye convertir la enfermedad en el único foco del relato. Más que retratar el deterioro de la memoria, la película ahonda en aquello que permanece cuando los recuerdos empiezan a desvanecerse: los vínculos familiares, el cuidado mutuo y la capacidad de amar incondicionalmente incluso en las circunstancias más frágiles y dolorosas de la vida.
Inspirada en la historia real de Mattia Piccoli, el filme halla su mayor fuerza en la relación entre Paolo y su hijo. El diagnóstico de alzhéimer precoz conduce al niño a asumir una responsabilidad impropia de su edad y lo convierte en el principal cuidador de su padre. Sin caer en el melodrama, la cinta invita a reflexionar sobre la familia como primer espacio de cuidado: esos hijos cuya infancia se ve trastocada por un contexto inesperado, pero también sobre el valor —y el coste— que implica cuidar de un ser querido día tras día.
Uno de los aciertos de Alessandro Aronadio está en la puesta en escena. Mediante silencios, elipsis y recursos visuales que evocan el lenguaje del cine mudo, consigue que el espectador experimente la desorientación del protagonista sin recurrir a explicaciones innecesarias. La forma no ilustra simplemente la enfermedad: permite percibirla.
Llama la atención también el equilibrio entre drama y comedia. El humor nace de la vida cotidiana y nunca ridiculiza el alzhéimer ni minimiza su dureza. Al contrario, recuerda que incluso en los momentos de mayor vulnerabilidad puede aflorar un espacio cálido para la complicidad, la ternura; y puede renacer la luz y la esperanza.
De este modo, y lejos de sucumbir al sentimentalismo, Cosas que no olvidaré propone una reflexión serena sobre la dignidad de la persona enferma y sobre la identidad, preguntándose cuánto de nosotros permanece cuando la memoria comienza a desvanecerse. Es una película delicada, profundamente humana y abierta al diálogo, capaz de suscitar conversaciones sobre la familia, el cuidado, la reconciliación y la esperanza con una sensibilidad poco frecuente.
Firma: Rocío Montuenga
Paolo tiene cuarenta años y comienza a perder la memoria. Mientras algunos recuerdos ya se han desvanecido y otros amenazan con hacerlo, decide centrar su tiempo en aquello que realmente importa: su mujer, Michela, y Mattia, su hijo de once años. Al mismo tiempo, trata de reconstruir la relación con su hermano, con quien lleva años sin hablar.