Este drama rural aborda el valor de seguir adelante, las segundas oportunidades y cómo salir del propio dolor puede ayudar a sanar el de los demás. Aunque el guion y el ritmo resultan excesivamente pausados, el interés argumental, las interpretaciones y la bella estética dejan un buen filme.
Paolo Virzì firma un drama rural situado en una campiña cercana a Roma, donde los viñedos son cultivados con mimo. En este contexto, sitúa a Adriano Sereni, un padre de familia que huye de un conflicto íntimo del que no consigue desprenderse ni siquiera refugiándose en el campo y el silencio.
El naturalismo y la estética costumbrista, llena de planos delicados de las flores del campo, los viñedos y los amaneceres y atardeceres junto al mar, aportan un cierto tono poético que contrasta de pleno con la amargura del protagonista. A partir de aquí, Cinco segundos desarrolla varias tramas entrelazadas que permiten descubrir por qué huye, de qué huye y qué desea realmente. A través de ellas, el espectador se adentra en los fantasmas que lo asaltan: A través de ellas, el espectador se adentra en los fantasmas que lo asaltan, sobre todo el accidente sufrido por su hija Elena, quien sufre de la ELA, durante un día en el que se encontraban de excursión familiar junto a su mujer y su otro hijo Mateo. Este episodio marcará profundamente a Adriano y hará germinar en él una tristeza y una angustia que no logra dejar atrás.
Pero en esta intersección de caminos entre Adriano y los jóvenes ocupantes de la villa, lo que comienza como un conflicto que amenaza su ansiada soledad deja poco a poco entrever que Adriano desea el bien de los demás y busca, en cierto modo, su propia redención. Su implicación en el proyecto agrícola, supuestamente ilegal, le lleva a tratar de ayudarles a salir adelante. Sin embargo, será sobre todo a través del vínculo que establece con Matilde, una chica embarazada, como encontrará una forma de reconectar con su pasado y comenzar a sanarlo.
Si bien el argumento es interesante y tiene mucha enjundia, el guion resulta torpe y disperso. Las distintas tramas entrelazadas avanzan con cierta lentitud y falta armonía en el ensamblaje de todas las piezas. Se perciben algo desligadas entre sí y se echa en falta una mayor conexión entre la historia de Elena y la relación que Adriano establece con Matilde. Todo queda demasiado abierto a la libre interpretación y, estructuralmente, las diferentes partes no terminan de encontrar un equilibrio. Pese a esto, el elenco cumple con fuerza y destaca un brillante Valerio Mastandrea, que encarna a un Adriano incapaz de exteriorizar emocionalmente lo que siente y, al mismo tiempo, devastado por lo sucedido en su familia. Su contención abruma, mientras los silencios y las miradas ejercen de contrapunto a la juventud que irrumpe en su retiro/ existencia, donde Galatéa Bellugi brilla por su ímpetu y vigor como Matilde.
Un mundo vivido y otro aún por experimentar chocan entre sí y, en esa colisión, ambos encuentran una forma de redención. Quizá ahí resida lo más bello del filme. Porque, pese a la crudeza de los temas que aborda —el sentimiento de culpa, el dolor y el daño involuntario causado a quienes más queremos—, este drama italiano deja espacio para la esperanza y las segundas oportunidades. La vida, por muy injusta y dolorosa que pueda resultar, siempre parece guardar un resquicio de luz. Así lo refleja su desenlace y, de manera especialmente elocuente, su imagen de cierre, bañada por una hermosa puesta de sol.
El vino ejerce también como metáfora visual del fruto que llega después de un largo tiempo de cultivo. Adriano encuentra en ese proceso una forma de rehacerse y volver a germinar, pese a la tormentosa circunstancia que vivió junto a sus hijos.
Firma: Rocío Montuenga
Adriano Sereni es un hombre maduro, padre de dos hijos, que huye de la ciudad para aislarse en una antigua finca casi en ruinas que ha alquilado para escapar de sus propios fantasmas. Cuando una comunidad agrícola naturalista de jóvenes llega a la villa vecina, su serena rutina da un vuelco. Entre estos chicos y chicas empeñados en devolver la vida a los viñedos abandonados destaca Matilde, la nieta del último propietario de los terrenos. Esta pronto sentirá curiosidad por ese hombre misterioso, tristón y solitario que parece esconder algo de su pasado. Y lo que comienza como un conflicto entre dos mundos opuestos se convertirá en un vínculo capaz de acompañarlos y de cambiar sus vidas para bien.