Sobrecogedora reminiscencia de la tragedia del Balandrau. Fernando Trullols debuta con un sólido largometraje que oscila entre el thriller y el drama, plasmando con crudeza los hechos que acaecieron en el 2000 en los Pirineos.
El director de El barco pirata, corto ganador del Goya en 2012, debuta en el largometraje con Balandrau, viento salvaje. En él, reconstruye el dramático suceso ocurrido el 30 de diciembre de 2000 en los Pirineos catalanes.
Cinco amigos —una pareja recién prometida, un matrimonio y otro compañero— emprenden el ascenso al monte Balandrau (2.500 metros) en lo que parecía una jornada idílica: frío soportable, sol radiante, nieve brillante bajo un azul intenso. Todo apuntaba a una subida tranquila, sin aparente riesgo. Y, de repente, todo se trunca: el sol desaparece, las temperaturas se desploman y el temido torb irrumpe con violencia cuando el grupo ya había decidido dar media vuelta y comenzaba el descenso con esquís.
Trullols plasma la historia con dos imágenes clave: la inmensidad blanca de la montaña y un vendaval que parece arrasar con todo. Ambos elementos subrayan visual y sonoramente el tema de la fragilidad humana frente a la imprevisibilidad de la naturaleza. En este sentido, el filme incide en lo efímera que puede llegar a ser la vida: cómo un viento que dura apenas minutos es capaz de truncar años de proyectos, sueños y planes de futuro como formar una familia o casarse. La aparición simbólica de un ciervo refuerza el subtexto y logra comunicar que el ser humano es un intruso en un hábitat que, per se, no le pertenece.
Si bien Balandrau, viento salvaje cuenta con buenos actores —entre los que destaca la interpretación de Álvaro Cervantes como Josep Maria Vilà—, una dirección de fotografía brillante y una banda sonora, tremendamente dramática, de Arnau Bataller que envuelve y sobrecoge al espectador, la película presenta dos fallos claros:
El primero es de guion. La historia aparece excesivamente dividida en dos bloques muy marcados (la felicidad inicial frente a la tragedia; la alarma del cuerpo de bomberos frente a los días de rescate). Incluso visualmente se perciben dos universos cromáticos: el azul y el blanco dominan la primera parte; el rojo y el negro, la segunda. Faltan más giros, más desarrollo en los diálogos y mayor linealidad narrativa; menos fractura estructural.
El segundo problema es la tendencia a hiperbolizar un drama que ya lo es por sí mismo. Algunas decisiones —como las apariciones de Mónica en la parte final o la insistencia en la espera angustiosa de las familias— resultan reiterativas y sobrecargadas. Hay escenas que sobran porque exceden emocionalmente lo necesario. El drama, en este caso, no necesita ser subrayado en exceso para impactar.
No obstante, el resultado final es una experiencia intensa, muy bien lograda, que recuerda a Lo imposible por la crudeza con la que muestra un desastre inesperado y devastador. Al mismo tiempo, igual que la película de Bayona, invita a reflexionar sobre la fragilidad de la vida con profundidad y desde la contemplación de unas imágenes que hablan por sí solas.
Firma: Rocío Montuenga
El 30 de diciembre de 2000, un grupo de amigos emprende el ascenso al Balandrau en una jornada aparentemente tranquila y soleada. Lo que comienza como una excursión sin riesgo da un vuelco dramático cuando el tiempo cambia de forma abrupta en cuestión de minutos. Un viento salvaje, conocido como torb, desata una de las peores tormentas registradas en los Pirineos y convierte la montaña en un escenario radical de supervivencia.