Manolo Solo y Sonia Almarcha resultan convincentes con sus interpretaciones y el largometraje plantea mensajes potentes sobre las redes sociales. Sin embargo, la propuesta se vuelve lenta y pesada, sin terminar de desarrollar con claridad sus ideas intencionales.
A la cara enuncia una premisa muy buena y plantea un tema tan actual como el odio que impera en las redes sociales: esa realidad en la que somos capaces de criticar, juzgar e incluso amenazar desde el anonimato de una pantalla, pero rara vez de dar la cara. A pesar de ello, el resultado no termina de estar a la altura de sus ambiciones.
Tras erigirse primero como cortometraje, también protagonizado por Sonia Almarcha y dirigido igualmente por Javier Marco en 2020, A la cara da ahora el salto al largometraje para desarrollar ese conflicto de rabiosa actualidad. El problema en este traslado a un mayor metraje radica en que, pese a la originalidad de la propuesta, el filme prescinde casi por completo de la acción y encierra prácticamente todo el relato en el hogar del protagonista. En este, Pedro decide acoger temporalmente a la periodista Lina, mientras esta intenta escapar de la presión mediática y del juicio de la opinión pública. Esta apuesta intimista acaba funcionando más como una limitación que como una virtud y acaba generando cierta dificultad para conectar con el espectador.
Poco a poco, la narración se torna excesivamente lenta y pesada, al tiempo que los diálogos, constantemente contenidos y muy implícitos, terminan por restar profundidad a los temas que explora: la impunidad del anonimato en redes sociales, las amenazas digitales, el atrevimiento tras las pantallas, las heridas del pasado, la presión de la fama o la vulnerabilidad de los personajes públicos obligados a proyectar una imagen de fortaleza permanente. Asimismo, A la cara aborda la compleja relación entre víctima y agresor, ambos marcados por fantasmas personales con los que deben lidiar diariamente.
Esa combinación de un ritmo pausado, unas escasas localizaciones, una ausencia de giros dramáticos capaces de romper la monotonía y un insuficiente abordaje en muchas de sus ideas —incluidas las relaciones paternofiliales, parte importante del núcleo temático del filme— dan como resultado una película que no termina de despegar ni de conectar con el espectador. Ni tampoco de emocionar. Y resulta una lástima, especialmente por la relevancia del fondo que intenta tratar. Solo el convincente trabajo del tándem protagonista, Manolo Solo y Sonia Almarcha, consigue aportar algo de impulso a un título que se queda a medio camino.
Firma: Rocío Montuenga
Pedro trabaja en un campo de golf de la zona donde vive. Un día, al abrir la puerta de su casa para recibir a un supuesto compañero de piso, se encuentra inesperadamente con Lina, una famosa periodista y presentadora de televisión. Sin ningún interés real en alquilar la habitación, Lina solo tiene un objetivo: obligar a Pedro a pronunciar en voz alta el mensaje de odio que escribió sobre ella en redes sociales. Lo que en un inicio supone un incómodo enfrentamiento conducirá a una extraña convivencia y a un raro vínculo entre dos adultos marcados por las heridas del pasado, que acabarán viéndose reflejados el uno en el otro y enfrentándose a verdades que llevan demasiado tiempo evitando.