Una bellísima road movie sobre el amor, el duelo y la redención familiar. Con un brillante reparto, una espléndida fotografía y un guion ingenioso, el filme resulta tan emotivo como redondo en su forma y en su fondo.
Hay viajes que resultan necesarios: no como una huida de la cruda realidad, sino como un camino en busca de respuestas a preguntas difíciles de resolver. Ese es precisamente el viaje que propone la road movie del cineasta británico Morgan Matthews, quien, con una mirada delicada y una gran sensibilidad, se adentra en las capas del alma humana a partir de una premisa aparentemente sencilla: dos hermanos recorren 500 millas para llegar a Dingle, en la costa oeste de Irlanda, desde Manchester, donde viven con unos padres al borde de la ruptura. Finn, en plena adolescencia, convence a su hermano pequeño Charlie de emprender la aventura para reunirse con su abuelo materno, convencido de que él podrá evitar que su familia termine de romperse.
Bajo esta premisa, el filme navega por tierra y mar mientras el espectador acompaña a ambos hermanos en su periplo. Uno, más responsable y contenido; el otro, más espontáneo y extrovertido. En el camino se cruzarán con una joven cantante callejera que también huye de sus propios conflictos y que terminará formando parte de una rumbo que no es sino el reflejo de un viaje íntimamente humano en busca de esperanza. Tras la aventura se esconde un problema mucho más complejo, que solo se revelará en su totalidad en el tercer acto y cuyo desenlace resulta fundamental para comprender el verdadero tema que atraviesa cada una de esas millas: el deseo de perdón ante un duelo profundo, difícilmente superable sin la comprensión, la empatía y el abrazo de los seres queridos.
A 500 millas de casa es profundamente emotiva y, sin embargo, nunca parece un drama sobre el duelo. Y ahí reside gran parte de su fuerza; junto a un giro final inesperado y un guion muy bien construido que entrelaza el presente con el recuerdo. Todo acontece a través de la memoria de Finn, que va desvelando poco a poco su mundo interior mientras el espectador recompone, junto a él, las piezas de un puzzle emocional. Así, la historia avanza en dos tiempos que terminan por ensamblarse con una notable delicadeza.
A ello se suma una espléndida dirección de fotografía. Los paisajes de la costa inglesa e irlandesa, las carreteras, el mar y la naturaleza convierten a Irlanda en una auténtica bocanada de aire fresco y brisa marina, símbolos del refugio emocional donde parece posible la reconciliación. La música de raíces folk y celtas envuelve el relato con un clima melancólico que calma el viaje de los protagonistas.
Asimismo, el reparto resulta admirable, con un Roman Griffin Davis sobresaliente, natural y convincente, capaz de sostener el peso de la historia con una mezcla de vulnerabilidad y madurez impropia de su edad. Paralelamente, el resto de los intérpretes acaban de completar el círculo.
En definitiva, A 500 millas de casa se erige como una bellísima road movie sobre el amor, y el duelo que acaba conmoviendo. Y, junto a sus personajes, invita al espectador a emprender, un viaje interior hacia la aceptación y la redención.
Al amanecer, Finn, de dieciséis años, y su hermano pequeño, Charlie, escapan de casa para evitar que la separación de sus padres acabe dividiéndolos también a ellos. Su destino es la casa de su abuelo, un hombre con el que apenas tienen relación y que vive en la costa oeste de Irlanda, el último lugar donde Finn recuerda haber sido una familia feliz, antes de que comenzaran los conflictos. En su viaje de 500 millas por tierra y mar, ambos tendrán que salir adelante gracias a su ingenio, su carisma y la generosidad de las personas que se toparán en el camino, especialmente de Kait, una joven música de espíritu libre que también intenta escapar de sus propios fantasmas. Sin embargo, lo que parece una aventura de libertad y descubrimiento terminará dando un inesperado giro cuando la familia se reúna y salgan a la luz las verdaderas causas de sus grietas.