En los últimos años, los youtubers y streamers de videojuegos han pasado de ser mínimamente conocidos a convertirse en auténticas referencias para millones de jugadores. A través de plataformas como Twitch o YouTube ha cambiado, en gran medida, la manera en que muchos niños y adolescentes usan los videojuegos, ya no como jugadores sino como espectadores. Este cambio ha provocado que no solo tengamos que preocuparnos por los juegos en sí, sino en cómo los comunican (lenguaje, valores…).
Para que nos hagamos una idea, Twitch, que es la plataforma líder en streaming de videojuegos, tiene más de 240 millones de usuarios activos al mes a nivel global. Como ejemplo, os diremos que el año pasado registró más de 15.000 millones de horas vistas en contenido de videojuegos. Todo esto nos ayuda a entender que estos streamers no solo entretienen sino que, además, influyen muchísimo en los gustos, costumbres y conductas de nuestros hijos.
Como decíamos, el público que más utiliza este tipo de canales son niños y adolescentes, lo que quiere decir que también son los más influenciables. Esto explica el tremendo éxito de juegos como Fortnite, Minecraft, Call of Duty u otros fenómenos más recientes como Among Us. De hecho, este último saltó a la fama porque varios influencers lo comenzaron a jugar, a pesar de que el juego llevaba tiempo en el mercado y era prácticamente desconocido.

El gran problema de todo esto es el de siempre. Al final, estos streamers están sujetos al negocio. Las compañías ven un filón comercial con ellos y se genera un círculo peligroso. Un informe publicado en 2023 estudió casi 500 espectadores de este contenido y concluyó que la relación entre influencer, marketing y éxito va totalmente de la mano.
La realidad es que muchos de los usuarios son niños y no entienden la diferencia entre lo que ven y la realidad, creyéndose a pies juntillas todo lo que dicen, hacen o promocionan sus ídolos. Un claro ejemplo, pese a no tratarse estrictamente de videojuegos son los sobres de cartas Pokémon. Curiosamente, muchos de los youtubers que cuelgan shorts o vídeos –en los que se dedican a abrir sobres– tienen la gran suerte de conseguir las mejores cartas casi al “primer intento”, lo que incentiva la compra (lo que tradicionalmente se conoce como publicidad engañosa). ¿Os suena cuando os hemos hablado de cajas botín y apuestas online? Pues es la misma necesidad de comprar para obtener una recompensa que, realmente, no existe.
Dejando de lado lo vinculado al consumo de productos, los streamers también dejan huella en el comportamiento de los menores. Expresiones, bromas de mal gusto, palabrotas… ¿Os acordáis del famoso “cara anchoa” de hace unos años? ¿Dónde está el límite?
Este fenómeno no es nuevo, pero con estos canales se añade un elemento muy importante: la posibilidad de interactuar directamente, en tiempo real. Los espectadores no solo ven el contenido, sino que participan en chats, donaciones y comunidades. Esta posibilidad crea una sensación de dependencia y de vínculo mayor. Los resultados se pueden ver claramente con Ibai Llanos, AuronPlay o El Rubius, cuya influencia es continua y directa.

Por último, la pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿me preocupo del tiempo y el contenido de juego, pero no el que gastan viendo a estos influencers? ¿Sé a quién sigue mi hijo o hija y por qué? ¿Conozco el lenguaje o expresiones que usan? No es algo anecdótico, pues muchos usuarios dedican más tiempo a ver contenido de videojuegos que a jugar directamente, lo que refleja un cambio en la forma de relacionarse con el medio.
En conclusión, el mundo de los streamers se ha convertido en algo esencial para miles de jóvenes. No solo influyen en a qué juegan, sino también en otros hábitos de consumo, de hablar o modas de todo tipo. Como siempre, la solución pasa por estar presentes y hacer entender lo que es y lo que no es adecuado. ¡Qué complejo es ser padre!
Firma: José Carlos Amador