Trono de sangre

Análisis

Nos encontramos ante una de las mejores adaptaciones de la tragedia Macbeth, que Kurosawa extrajo del legado de Shakespeare para ambientarla en el Japón feudal del siglo XVI, en una película que cuenta con el respaldo de su gran actor fetiche: Toshiro Mifune.

En esta ocasión, el aclamado actor encarna a Washizu, un poderoso general samurai. También aparece Takashi Shimura, otro gigante del cine procedente de la tierra del Sol Naciente. Pero su papel secundario es eclipsado por la presencia de Mifune. Éste interpreta a un personaje de convicción frágil cuyos pensamientos son fácilmente gobernados por los demás y, más en particular, por su propia mujer, que, movida por un inagotable afán de poder, representa la parte más perversa del film y la artífice de una sangrienta oleada de muertes.

Trono de sangre es una historia trágica de asesinatos ejecutados por motivos personales, que da a entender lo absurdo que resulta un conflicto bélico. Con esta película, Kurosawa deja entrever su pasión por la grandeza de la literatura occidental (como ya demostró adaptando El idiota de Dostoievski), al plasmar una de las obras del célebre dramaturgo inglés en una película que habla de la guerra, entendida como decisión de unos pocos que provoca la muerte de muchos. Una consecuencia del temor a la pérdida que sobrecoge al ser humano cuando ha obtenido riquezas materiales o un mayor estatus social, como bien experimenta Mifune en el papel del líder Washizu.

Interesante resulta, en este sentido, la involución por la que pasa dicho personaje. Al inicio del film, se nos presenta como valeroso, disciplinado y modesto. Sin embargo, a raíz de la aparición de un oráculo en medio del bosque, que le revela su destino, Washizu es manipulado psicológicamente por su propia mujer hasta convertirse en un ser cruel. El orgullo y la locura también afloran en la mentalidad de Washizu y, es gracias a la soberbia interpretación de Mifune (estas expresiones de pánico, dolor y desorden mental) como descubrimos a un sombrío personaje que ya no distingue fantasía de realidad. El versátil actor protagonista destacó por su gran variedad de registros ante la cámara, con interpretaciones que bien se equiparan a los apasionados personajes del cine mudo, e incluso nos pueden recordar a carismáticos actores del presente –que tampoco encasillaríamos en uno o dos papeles– como Jack Nicholson o Robert de Niro.

Otro factor importante de la película es el motivo por el cual se desata la tragedia: el personaje femenino. Los actos de la esposa de Washizu provocan cierta misoginia, al definir a un personaje misteriosamente perverso, capaz de conducir al hombre hacia su lado más oscuro y cruel, de un modo parecido al trato que Kurosawa dio a la recién casada que aparecía en Rashomon.

Washizu se convertirá así en una persona ansiosa de poder, que se deja llevar por la sospecha insana y cuyos malos pensamientos lo arrastran hacia un estado de paranoia, con el que la película adopta un cariz tenebrosamente psicológico.

Será entonces cuando Mifune saque a la luz todo su potencial interpretativo y ponga en duro contraste la rectitud y prudencia que personificaba en un principio, con la constante sensación de miedo que lo asalta después; lo que desencadenará una encarnizada espiral de muertes. A estas alturas de la trama, Washizu cree firmemente que debe tracionar antes de ser traicionado y alcanza nada más que una pseudo-gloria, para aposentarse en la cima de un trono cuyo poder se vuelve finalmente en contra suya.

Al igual que el incauto mafioso Matasunaga de El ángel ebrio (1948), también interpretado por un Mifune en estado de gracia, el papel protagonista que desempeña en Trono de sangre toma un rumbo maligno hacia la perdición que no tiene vuelta atrás.

En suma, esta gran y conmovedora propuesta de Kurosawa ha respetado la dramaturgia shakespereana en forma de regreso al pasado japonés, que aparece muy bien retratado gracias a estas vestimentas detallistas de samuráis al galope, componiendo uno de los particulares atrezzos de Kurosawa, que no pocas veces hemos visto en sus artísticas películas. Sin duda alguna, ésta es otra joya del cine clásico nipón, a manos de un culto y grandioso director que –nutrido de la mejor literatura universal– nos imparte una magistral lección de cine con una obra bellamente trágica.

Firma: Carles Martínez

ficha técnica

Director: Akira Kurosawa

Guionistas: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Ryuzo Kikushima, Shinobu Hashimoto

Intérpretes: Akira Kubo, Isuzu Yamada, Minoru Chiaki, Takamaru Sasaki, Takashi Shimura, Toshiro Mifune

Género: -

País: Japón

Fecha estreno: 22/11/1961

Lenguaje: Coloquial

Público

+16 años

Valoración

Contenido

Humor

Acción

Violencia

Sexo

Valores

Los generales Taketori Washizu y Yoshaki Miki regresan de una victoriosa batalla, pero se extravían en un bosque. De repente, se les aparece una extraña anciana que profetiza el destino de Washizu: el general se convertirá en el señor del Castillo del Norte. Al llegar a casa, Washizu le cuenta todo lo ocurrido a su esposa y ésta tratará por todos los medios de que la profecía se cumpla.

Título original: Kumonosu jo

País: Japón

Duración: 110'

Fecha producción: 1957

Distribuidora: Filmax

Color: B/N

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