Madres y padres influencers, ¿quién defiende al menor?

Artículo Madres y padres influencers

Hace unos días, debatía con una persona allegada acerca del concepto de intimidad. Hablábamos sobre un nuevo modelo de influencers que se ha ido abriendo hueco entre youtubers e instagramers de moda. Ahora mismo, están en auge los padres y madres influencers. Los hay de todo tipo. Desde los que evidencian determinadas habilidades para vestir a sus retoños, los que comparten sus maravillosas dotes organizativas para el hogar y/o inspiradoras recetas, hasta los que dan consejos en diferentes aspectos de la crianza o los que simplemente comparten momentos de sus hijos.

Todos ellos tienen en común el hecho de que muestran un modelo de vida y, de forma consciente o no, suelen servirse de su intimidad para hacerlo.

Los motivos

Hay varias motivaciones que mueven a estos adultos a convertirse en influencers. Destacan algunas como: “dar ejemplo” y ayudar a otros en la ardua tarea educativa, ver una oportunidad de negocio para intentar ganarse la vida o, simplemente, compartir por el simple placer de hacerlo y fardar de los propios vástagos. Yo misma he caído en la tentación de publicar alguna proeza de los míos. Y sí, debo reconocer que es un chute de dopamina increíble.

Quizá, teníamos la misma sensación de satisfacción cuando compartíamos los álbumes de fotos con amigos. Sin embargo, en ese caso, las imágenes personales se quedaban en el círculo íntimo. Un círculo que ampliábamos cuando conocíamos a alguien y, orgullosos, sacábamos del monedero esa foto de carné de nuestros hijos. ¡Jamás se nos hubiera ocurrido mostrar a un recién conocido el álbum de fotos familiar! No sólo por el pudor de compartir vivencias con una persona anónima, sino porque a ellos seguramente tampoco les habría interesado. No obstante, hoy exhibimos la intimidad de nuestra prole a personas a las que apenas les dirigiríamos un saludo en el caso de cruzarnos con ellas por la calle.

Pensar la intimidad

Mi pretensión no es juzgar, sino provocar la reflexión. Sea como sea, el postureo siempre ha existido, aunque hoy se ha ampliado el área íntima de lo que enseñamos y ha aumentado el número de ojos que la ven. ¿Nos hemos parado a reflexionar sobre las repercusiones que estas prácticas tienen en la custodia de la intimidad de los menores?

Quizás olvidamos que estamos hechos a base de intimidad. De hecho, cada ser humano lo es porque tiene intimidad. Los animales no la tienen. Se trata de un pilar básico que necesitamos para ser quienes somos, en individual y como personas singulares. Pues bien, en esta línea, dicen los expertos que, durante el desarrollo evolutivo del niño, hay que ir generándole espacios de privacidad para que su intimidad esté debidamente protegida. Por tanto, el sentido de la privacidad y del respeto por el propio cuerpo deben enseñarse desde muy temprana edad; por lo que una sobreexposición física del menor puede atentar contra este elemento básico.

De nuestro mundo interior surgen nuestros pensamientos, sueños, deseos… Una mirada, una caricia o nuestro lenguaje son ejemplos de expresión de nuestra interioridad a través de nuestro cuerpo. Nuestro hogar, nuestra habitación, nuestros cajones vienen a ser espacios privados que hemos determinado para expandir nuestra intimidad, para que esa expresión quede a buen recaudo. ¿Quién no recuerda haber escondido bajo llave su diario de la infancia?

Artículo madres y padres influencers

Pasando los límites

Desde hace décadas, hemos asistido a pérdidas de privacidad e intimidad durante la infancia. Mucho antes de la eclosión digital, lo vimos a través de estrellas del mundo del cine, de la televisión o de la música. De ellos y de sus familias conocíamos detalles como enfermedades, animadversiones, discusiones íntimas con sus padres, etc. Y parece que, con frecuencia, todo esto tuvo consecuencias negativas en su vida adulta.

En realidad, el concepto de intimidad no ha variado. Parece que lo que se están moviendo son los límites. Y, ampliando esos límites de exposición de la privacidad de los hijos, estamos poniendo en peligro su intimidad, cuando en realidad somos responsables de ayudarles a protegerla.

Por eso, dado el papel que, en la actualidad, las redes sociales ocupan en nuestra comunicación social y profesional, ¿no deberíamos reflexionar cómo interaccionamos en ellas?

Las consecuencias que se puedan derivar en el futuro me suscitan interrogantes difíciles de responder, aunque estoy absolutamente convencida de que podemos intentar prevenirlas. Por ejemplo, respecto a la privacidad e intimidad propia y ajena, ¿cómo les vamos a decir a los hijos que no compartan sus datos sobre dónde están, qué ha pasado en el colegio o con quién han realizado “tal” actividad, si nosotros lo hemos hecho? ¿Cómo van a estar protegidos si siguen nuestro modelo y comparten momentos íntimos en etapas en las que son más vulnerables como la adolescencia?

De hecho, los adultos debemos plantearnos que nuestras publicaciones formarán parte de su huella digital. ¿Nos lo podrán echar en cara en un futuro? ¿Y si esta “huella” les perjudica el día de mañana, cuando busquen un trabajo?

Tres puntos clave

Así pues, el hecho de compartir la intimidad de nuestros menores con personas que no pertenecen al círculo más cercano (a través del medio que sea) me anima a compartir una reflexión final que se sustenta en tres puntos, que considero claves en el oficio de ser padres.

En primer lugar, estoy convencida de que la mirada es crucial cuando nos comunicamos con nuestros hijos. No en vano 36 horas después de nacer ya se están fijando en ella. También recuerdo la pesadez de grabar los festivales escolares. No los disfrutaba con la misma intensidad a través de la pantalla que sin mediación audiovisual. Mi peaje para conservar un recuerdo familiar era renunciar el disfrute del momento. Los beneficios derivados del hecho que mis hijos lo pudieran guardar para ellos como un bonito recuerdo o el gozo de poder visualizarlo a posteriori con ellos, superaban con creces mi sacrificio. Sin embargo, cuando ahora vamos de compras o comemos juntos y nos dedicamos a compartir esas vivencias en las redes sociales, dificultamos su contacto visual con nosotros.

El segundo punto substancial es el ejemplo. Teniendo en cuenta que el principal órgano educativo es la vista, ¿qué transmitimos a niños y jóvenes cuando nos observan grabándoles en el momento que van a la cama, leen, juegan, comen o incluso cuando se han cometido alguna torpeza (porque nos hace gracia)?

Tercero, preguntarnos para qué compartimos la intimidad de nuestros hijos nos ayudará a discernir a qué le damos valor. Sea cual sea la respuesta, seamos conscientes de que, a cambio de la repercusión en redes, de un momento de fama, de dinero o de lo que sea, vamos a renunciar a parte de su intimidad, con las consecuencias que esto acarreará en un futuro.

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¿Modelos de qué?

Y, en última instancia, si nuestra motivación principal es mostrar un modelo de vida, ¿no demostramos cierta arrogancia al pensar que somos “modelos” de algo? Y si además cobramos por ello, ¿se convierte nuestro hijo en un objeto que utilizamos en provecho propio?

Sin duda alguna la prioridad de los que somos padre es proteger la intimidad de quien depende de nosotros. Por eso, debemos revertir todas las acciones de las que somos responsables y que suponen sobreexponerles en el espacio público.

Evidentemente, publicar en redes sin exhibir a los niños supondrá mayor creatividad y esfuerzo. Pero, actuando de este modo –conscientes de que la imagen-identidad de los menores es suya y no nuestra– seremos un buen ejemplo para los que vienen detrás y, con suerte, quizás también seremos pioneros en un nuevo modo más humano de comunicar.

Firma: Anna Plans